Herencia de Sangre
Parte I.
A Quirino González le advirtieron esa noche que lo iban a
matar.
A la mañana siguiente, su cuerpo yacía tendido en un charco
de sangre en los patios frontales de las instalaciones de Pemex, frente a la
plaza cívica.
Un hombre joven descendió de un auto, caminó entre el gentío
de obreros que hacían cambio de turno, sacó una pistola de su gabardina, y
colocó una bala calibre .38 en la nuca del hoy occiso.
El disparo apenas se escuchó.
Los testigos vieron al asesino caminar lentamente de regreso
al automóvil, con la mirada fija en el suelo y el arma empuñada en la mano
derecha. Subió por la puerta trasera y desapareció entre el tráfico, por el
boulevard que lleva a la carretera Poza Rica - Papantla.
Oficialmente, treinta y cinco años después, aún se desconocen las causas del crimen.
La identidad de los autores, material e intelectual, es un
misterio que por momentos se asoma con rumores y voces cobardes, apagadas, que
murmuran muy despacio bajo las sombras del anonimato.
Porque de una cosa siempre estuvo seguro su amigo, el que lo
acompañaba aquella noche que lo amenazaron: a Quirino lo mató un sicario, pero
el autor intelectual estaba muy lejos de ahí.
Parte II.
Cuando Quirino conoció a Casandra, apenas había cumplido los
veinte años. Ella por su parte, acababa de ser abuela por primera vez a los
cincuenta y dos. El flechazo fue inmediato, y el primer encuentro íntimo
también.
Quirino cometió el error típico de los hombres de su edad:
le contó su aventura amorosa a todo aquel que quisiera escucharla.
Con lujo de detalles, entre fiestas y parrandas, un grupo
selecto de amigos conoció los gustos eróticos y las destrezas amatorias de
Casandra. Juntos construyeron su nido de pasión en el cuarto de un motel
ubicado en la carretera Poza Rica - Cazones.
El primero en advertir el peligro fue don Arturo, un vecino
de la colonia venido a menos. Hombre de mil años, con una larga lista de vicios
recorridos. Dueño de un temperamento impulsivo y violento, y de una gran
memoria episódica. Lo había vivido todo a sus cincuenta y cinco.
Las mujeres casadas son el camino seguro para morir de un
balazo en la nuca decía de vez en cuando.
Hagan lo que hagan muchachos, insistía, no se
metan con mujeres casadas.
Y después permanecía en silencio durante un rato, extrayendo
el humo de su habano y dando tragos lentos a su coñac, con los ojos vidriosos
perdidos en la botella de Courvoisier ya casi vacía.
De Don Arturo se decían muchas cosas. Las notas
periodísticas en su juventud lo apodaban “el niño artillero”.
Perteneciente a una de las familias más ricas de la ciudad,
desde muy joven se mostró rebelde con sus padres. Cuando ellos decían ¡Vas!,
él respondía ¡Vengo!. ¡Estudia! ¡Ni madres! ¡Pórtate bien! …
La nota roja del periódico local relataba que al niño
artillero lo habían golpeado unos fulanos en una cantina ubicada en la colonia
Tajín, en el centro de la ciudad. Como pudo se levantó, salió y caminó hacia su
Ford Mustang 72, recién sacado de la agencia; abrió la cajuela y extrajo una
metralleta Uzi de fabricación israelí. Acto seguido, se dirigió de nuevo a la
cantina, abrió la puerta de una patada y disparó a mansalva contra sus
agresores.
Tres hombres muertos, dos heridos de gravedad, y un honor
restaurado.
De Don Arturo se decían muchas cosas.
Parte III.
Quirino cometió un segundo error cuando aceptó ir a la casa
de campo de Casandra, ubicada a 2 kilómetros de la carretera Poza Rica -
Tihuatlán.
El mismísimo don Arturo tosió fuerte y escupió pedazos de
habano cuando escuchó la noticia.
Hay que saber cuándo refrenarse muchacho.
Hay que saber cuándo mucho ya es demasiado.
Quirino aceptó ir porque no iba solo.
A media carrera de ingeniería, la invitación grupal de una
docente parecía lo más normal del mundo.
No pasa nada, dijo Quirino a su amigo.
No temas al que temió.
Y sin temor alguno, veinte veces se sumergió en las aguas
del río que cruzaban los terrenos agrestes de aquella casa grande.
Casandra lo miraba de reojo, tensa e inquieta, expectante y
sin remordimientos. Porque el esposo con el que vivía, aunque celoso en
extremo, era incapaz de apagar el fuego que emanaba desde el interior de sus
entrañas.
Poco antes de regresar a la ciudad, mientras se secaba y
vestía, una hermosa joven que no había visto en toda la tarde se acercó para
saludarlo. Se llamaba Artemisa, tenía diecinueve años…y era la hija menor de
Casandra.
Quirino observó con detenimiento la fachada de la casa
mientras platicaba con sus compañeros, y se propuso dos metas: encamarse con
Casandra en la misma alcoba nupcial el fin de semana siguiente, y repetir lo
mismo con la hija una semana después.
Don Arturo se tragó media botella de Bacardí Añejo de un
solo golpe, después de escuchar los planes de Quirino.
No llegarás muy lejos con esa clase de ideas en la
cabeza.
Parte IV.
Dos meses más tarde, Casandra le informó a Quirino que su
esposo se estaba comportando muy raro. Demasiado complaciente para ser exactos.
Decidió que lo mejor sería terminar la relación o al menos esperar a que se
calmaran las aguas.
Pero Quirino tenía ya otros planes.
Quería ir por más.
Porque el que se conforma con lo que ya logró, termina
estancándose.
Quirino se propuso ir al siguiente nivel y quiso cumplir su
fantasía más loca; una que se le había metido en la cabeza después de asistir a
una función de cine de medianoche, para adultos, en el cine teatro social.
Casandra experimentó un dolor muy agudo en la boca del
estómago cuando comenzó a entender la propuesta de Quirino.
Por su mente pasaron un millón de imágenes de su hija
Artemisa, desde que la parió hasta cuando viajaron juntas a España para
celebrar su mayoría de edad. Aunque se esforzó por evitar la pervertida imagen
mental, esta llegó sin pedir permiso y tuvo que correr al baño para vomitar.
Cuando salió era una mujer distinta. Una muy distinta a la
que Quirino había conocido y poseído hasta entonces. De sus ojos salían rayos
de ira e indignación. Aun así, mantuvo la cordura y le lanzó un ultimátum:
Lárgate de mi vida y no te vuelvas a acercar a mi hija,
perro mal parido.
Sus amigos de fiesta respiraron tranquilos cuando supieron
que todo había terminado entre ambos.
Don Arturo tenía sus reservas.
A Quirino le advirtieron una noche que lo iban a matar.
A treinta y cinco años de aquel evento, los cuervos y
zopilotes graznan en parvada sobre los patios frontales del camposanto
municipal. Y entre ruidos y aleteos, hay quienes juran y perjuran que el
lamento de un hombre se logra escuchar entre el viento que viene y va.

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