Alexander.
Me llamo Alejandro, aunque el mundo me ha llamado Magno (el grande). No fui un hombre corriente; nací para incendiar la historia y dejar mi huella donde el sol no se atrevía a brillar. En el crepúsculo de mi vida, mientras la sombra de Babilonia se alarga y la fiebre me devora, contemplo mi existencia como se contempla el fulgor de un relámpago: breve, pero capaz de iluminar la eternidad. Mi vida comenzó en Pella, bajo los auspicios de un destino que jamás permitió modestia. Mi padre, Filipo II, era el león de Macedonia, y mi madre, Olimpia, la sacerdotisa de misterios indescifrables. Dicen que fui hijo de Amón, el dios egipcio, pues mi madre aseguraba que un rayo la visitó la noche en que fui concebido. ¿Qué niño puede negar la sangre de dioses cuando su madre lo envuelve en mitos? Así, desde la cuna, el relámpago me perteneció. No fui educado como un príncipe, sino como el futuro señor del mundo. Aristóteles, el sabio de sabios, se encargó de mi instrucción. Me enseñó el ar...