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La gata bajo la lluvia.

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  Parte I (El contrato). La gata Kaya firmó un contrato de servicios especializados con los dueños de una casa abandonada. La misión: exterminar una colonia de ratas inmundas que se había instalado en el inmueble desde varios años atrás.  ¡Nada más nos fuimos y comenzaron a llegar! exclamó indignada la esposa. Ya lo habían intentado todo. Fumigaciones, raticidas, trampas metálicas, veneno envuelto en queso gruyere, mantras de la India, y hasta música de Bad Bunny. Nada funcionó. La colonia de ratas había echado raíces y se había mimetizado con el ambiente húmedo, frío y oscuro. El progreso llegó con el tiempo y fundaron colonias en el segundo piso, en el ático, en el sótano, y en la pequeña cochera de enfrente que se estaba cayendo por la madera podrida.  La estufa de la cocina la destinaron desde un principio como alcoba nupcial para la primera rata y su distinguida pareja sentimental. Con el progreso también llegó la bonanza alimentaria y las nuevas gen...

Yo acuso.

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  En mi último trabajo en una fábrica de manufactura tuve un compañero, ingeniero titulado y con puesto de gerente, que era incapaz de realizar operaciones aritméticas con la calculadora. Siempre me pregunté cómo era posible que alguien así ocupara un puesto tan importante. Y no era el único.  A lo largo de mi vida laboral en maquiladoras pude conocer gente en puestos de mando que muy apenas podían escribir un correo electrónico, con faltas de ortografía y deficiencias gramaticales significativas. Muchos de ellos con títulos de maestría colgando en las paredes de sus oficinas. En mi época de estudiante era común ver compañeros, de ambos sexos, practicando el milenario arte de los acordeones durante los exámenes. Algunos eran bastante creativos y otros muy descarados. Con una frialdad patológica sacaban acordeones, cuadernos y apuntes del celular, justo frente al docente, sin experimentar miedo ni remordimientos. Hoy descubrí que el que estaba en el lado equivocado de l...

El Mito de Sísifo y el sentido de la vida.

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  En la mitología griega se cuenta la historia de un hombre llamado Sísifo, gobernante de la ciudad de Éfira (Corinto), quien recibió de los dioses el castigo más severo que un ser humano puede llevar sobre sus espaldas. Sísifo era un rey importante, poderoso, astuto, y carente de escrúpulos. Su relación con los dioses era de choque, desafío y franca rebeldía. Su atrevimiento llegó a un grado imposible de tolerar y los dioses decidieron aplicarle un castigo ejemplar, el más cruel y doloroso. Sísifo fue condenado a empujar, sin ayuda de nadie, una roca enorme hasta la cima de una montaña, para dejarla caer al precipicio y volver a empezar durante toda la eternidad, por los siglos de los siglos. Este mito ha perdurado a lo largo de más de dos milenios y ha tenido distintas interpretaciones. En la antigüedad se consideraba como una advertencia para todo aquel que osaba ir en contra de los designios de los dioses. En tiempos actuales, el mito se interpreta desde una perspectiva...

El vuelo del colibrí.

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  Un fuego descontrolado arrasaba con los árboles y la vegetación de una zona del bosque. Los animales huían despavoridos y la ayuda no se veía por ningún lado. El tigre, que observaba desde lejos conmovido, se sorprendió al percatarse de un colibrí que volaba en dirección al fuego. Intentó advertirle, pero fue en vano. Después de un rato, el colibrí pasó volando de regreso en dirección al río ubicado al otro extremo del bosque. Lo siguió con la vista y vio como llenaba su pico de agua para después volar de regreso al fuego y verter el agua sobre este. —¡Colibrí! ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué no huyes como los demás? ¡No podrás apagar el fuego tú solo! ¡Sálvate! El colibrí respondió agitado, casi al borde del colapso: —Yo no sé si lograré apagarlo. Solo estoy haciendo la parte que me corresponde. Esta historia es una versión resumida de la antigua fábula del colibrí, contada generación tras generación entre las tribus quechuas y guaraníes, al sur del continente americano....

Joaquín.

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  Parte I. Joaquín Jiménez se despertó aquella mañana con la certeza absoluta de que era su último día de vida. Pocas veces se había sentido tan seguro de algo.  Lo sintió en las entrañas y en el corazón que le palpitaba con fuerza. Lo escuchó desde la lejanía de esa voz interior que lo acompañaba desde su más tierna infancia. Ni la misma muerte, que lo visitó durante la pandemia, le dio tanta convicción. No era una amenaza. No estaba ofuscado ni sentía miedo. Solo estaba… seguro. No sintió impulso por contárselo a alguien. ¿Para qué? Las horas corrían con rapidez y el tiempo era, a partir de ese instante, su posesión más valiosa. ¿para qué desperdiciarlo con gente que intentaría convencerlo de su error? Las cosas son como son, y hacen lo que hacen por lo que son, me guste o no - reflexionó - y el destino no respeta ni espera. Lo que es, es; lo que no es, no es.  ¿Para qué perder el tiempo explicándole a la gente? Una mañana soleada de un día cualq...

Un Jumex de Guanábana para el Pintor | In Memoriam.

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  Poza Rica, Veracruz. Sus zapatos siempre me intrigaron.  Eran de piel de gamuza y suela de goma, de color caqui, con agujetas que apenas lograban cerrar el nudo. ¿Por qué nadie más en la familia usaba ese tipo de zapatos? ¿Por qué solo él? En alguna ocasión escuché a mi madre decir: ¡ Ay Héctor, has de traer esos pies todos birriondos!   Lo que más me gustaba era la suela, de goma flexible y muy cómoda para caminar. Comparada con las suelas de baqueta de mis zapatos, la goma se veía más bonita y original. Algunas veces lo veía hacer ejercicio en el patio de la casa, descalzo y sin camisa. Solo un short y cincuenta lagartijas seguidas, sin parar. Después venían las abdominales, y cerraba un rato con salto de cuerda. Nunca lo vi haciendo sentadillas, no las necesitaba. El verano en Poza Rica era insufrible y aun así él se veía muy cómodo. Su peso y estatura también ayudaban. Era delgado, esbelto, de estatura media y muy ligero. Se decía que era muy hábil p...

Herencia de Sangre

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  Parte I. A Quirino González le advirtieron esa noche que lo iban a matar. A la mañana siguiente, su cuerpo yacía tendido en un charco de sangre en los patios frontales de las instalaciones de Pemex, frente a la plaza cívica. Un hombre joven descendió de un auto, caminó entre el gentío de obreros que hacían cambio de turno, sacó una pistola de su gabardina, y colocó una bala calibre .38 en la nuca del hoy occiso. El disparo apenas se escuchó. Los testigos vieron al asesino caminar lentamente de regreso al automóvil, con la mirada fija en el suelo y el arma empuñada en la mano derecha. Subió por la puerta trasera y desapareció entre el tráfico, por el boulevard que lleva a la carretera Poza Rica - Papantla. Oficialmente, y treinta y cinco años después, aún se desconocen las causas del crimen.  La identidad de los autores, material e intelectual, es un misterio que por momentos se asoma con rumores y voces cobardes que murmuran muy despacio bajo las sombras del an...