La Expo Pedagógica | In Memoriam.

 


El salón olía a furia. Un recinto repleto de mujeres jóvenes enfurecidas, indignadas, luchando por defender sus derechos de igualdad pedagógica ante el embate siniestro de la jerarquía heteropatriarcal.

Las mujeres unidas, nunca son vencidas. Y las leonas menos.

Juanita, la jefa de grupo, encabezaba la rebelión aquella mañana de Junio del año 2018. Llevaba cinco minutos con la mano levantada, pidiendo la palabra. Aquel día no se sentó al fondo con su pandilla de amigas rebeldes. Era la líder de una protesta masiva que amenazaba con salirse de control.

Frente a ella, el maestro Orlando, impasible, imponente con su 1.90 de estatura, apenas volteaba a verla. Eso parecía indignarla más.

Dos semanas antes, el profe Orlando había informado al grupo que para la segunda unidad evaluaría con una Exposición Pedagógica con temática cultural de países de todo el orbe. Era la materia de Antropología Cultural y el encargo tenía sentido. Parecía lo justo.

Lo que no cayó nada bien fue que los equipos de trabajo los creara él. Las protestas comenzaron desde el primer instante.

¡Ah ah ah no, a mí no! Maestro ¿no sería mejor que nosotras armemos los equipos? Profesor, nosotros ya tenemos equipos para otras materias, ¿por qué no respeta eso? Maestro, maestro, pido la palabra. ¡Oiga, oiga, escúcheme! Deme la palabra por favor, necesito explicarle algo.

Suplicas, llantos y amenazas…todas fueron en balde.

Lo peor vino cuando distribuyó los países a cada equipo de trabajo. ¡Todas querían México!

Pero México estaba reservado para Ezequiel, Anita…y un servidor. El peor de todos.

Juanita y Diana observaron indignadas cuando escucharon que México era para aquel par de fachos fifís.

Susana hizo un rictus de coraje mientras apretaba los puños, como queriendo pelear.

Valeria exclamó un par de vulgaridades que ni caso tiene repetir.

Sandra me miró con altivez y dijo ¡Otra vez te saliste con la tuya Oscar! ¡Me chocas! ¡Dile al maestro que no quieres México!

 

Mi primer ingreso a la Universidad fue justo cuando salí de la prepa, en 1985, en mi natal Poza Rica, Veracruz. Pronto me enteré de que en el mismo edificio se encontraba el Centro de Lenguas Extranjeras de la Universidad Veracruzana, y me apunté en dos cursos de Inglés. Al ser estudiante inscrito, los cursos eran gratuitos.

Las clases eran de lunes a viernes. El primer curso, Inglés Conversacional, era de 4pm a 5:30pm. El segundo curso, Inglés Académico, comenzaba a las 7:30pm y terminaba a las 9pm. Un curso era para aprender a hablar y el otro para aprender a investigar textos en inglés. La formación completa.

El problema era que de 5:30pm a 7:30pm no tenía nada que hacer. Mi casa estaba lejos y debía permanecer en las instalaciones. Ahí nomás, perdiendo el tiempo, mirando a la gente irse y llegar. La solución se presentó casi de inmediato. Descubrí que se abría un curso de francés para principiantes (nivel 1) de 5:30pm a 7pm.

Sin pensarlo mucho, me apunté.

Era gratuito. El salón de francés quedaba a escasos 15 metros del de inglés.

Y así comenzó aquella aventura de formación en lenguas extranjeras.

Cuando completé el primer año de estudios, mi dominio del francés era muy superior al del inglés. Me gustaban ambos pero el francés se me daba más natural. La maestra Nina Tolentino se había especializado en París. Una maestra extraordinaria. Nos hizo repetir mil veces las pronunciaciones guturales hasta que quedó satisfecha. Aprendí a dialogar, a leer y a escribir. Aprendí canciones, y aprendí la belleza de la literatura francesa.

Al término de los cursos, jamás volví a practicarlo.

Y con el tiempo lo olvidé.

El trabajo en maquila exige mucho inglés. Es la lengua universal. Solo una ocasión utilice el francés con un proveedor de Quebec. Una sola vez.

 

Cuando el profe Orlando anunció la expo pedagógica internacional, mi corazón latió con fuerza. Mil veces rogué a los dioses de la UMA que me concedieran Francia. Comencé a repasar lo que recordaba y a leer en voz alta textos en francés. Tenía planes. Tenía proyectos para aquella asignación. Me preparé para abrir el pabellón con un breve discurso en francés. Escuché discursos de Emmanuel Macron y Mitterrand.

De nada me sirvió.

Los dioses de la UMA no me escucharon y con asombro recibí a México, junto con el gran Ezequiel y mi hija adoptiva, Anita.

Y de pronto, sin entender por qué, las pandilleras del salón me observaban con furia desmedida.

El profe Orlando finalmente le cedió la palabra a Juanita.

—Respire profundo Juanita, tranquilícese, y ahora si…hable.

Con la mano señalándome, Juanita comenzó su discurso.

—A todos mis compañeros y compañeras, y a mí en lo personal, nos parece muy injusto maestro. Muy injusto que usted le haya dado México a Oscar. Mírelo, por dentro lo está disfrutando. A Oscar le da lo mismo el país que usted le asigne, a el le da igual. Pero para nosotras, México es lo más importante. No es justo, no es justo, todo lo fácil siempre para él.

—Y así es con todos los maestros —intervino Diana sin pedir permiso— todos le facilitan siempre las cosas.

—¡La palabra se le concedió a Juanita! —respondió indignado el profe Orlando.

—Y además —continuó Juanita— desde que usted nos asignó los países, Oscar y Ezequiel se han dedicado a burlarse de nosotras en el WhatsApp. Con decirle que hasta quieren llevar un mariachi ¡Un mariachi! No se vale maestro, haga algo. Es su responsabilidad.

El profe Orlando, sorprendido, volteo a ver a Ezequiel:

—¿Van a llevar mariachi?

—Tengo unos amigos mariachis y estoy viendo eso con ellos, digo, si usted lo permite.

—Mmmm suena interesante, búsquenme tu y Oscar después de clase para que me expliquen como sería, cuantas canciones y cuánto costaría.

—De hacerse, sería gratuito. Son mis amigos, pero si claro, nosotros lo buscamos después.

Aquello se convirtió en un pandemónium.

En todos mis años de vida estudiantil y laboral, nunca había presenciado una rebelión de leonas enfurecidas. Gritos, reclamos airados, señalamientos hacia mi persona, acusaciones falsas. Hubo de todo aquella mañana. Al fondo, César, Guereca y Edu, observaban la escena despavoridos.

Solo alguien con la experiencia y autoridad del profe Orlando pudo traer el orden de regreso.

Y mientras todo aquello ocurría, comencé a experimentar una rara sensación de bienestar y placer. Inició como una corriente eléctrica casi imperceptible, subió por la médula, llegó a mi cerebro, y comencé a reír en silencio, con mucha fuerza y con mucho esfuerzo por disimular. Mi abdomen se inflaba y desinflaba por las contracciones de la risa contenida.

Levante la vista y Ezequiel pasaba por lo mismo mientras me observaba. Ambos sufrimos el martirio de una risa contenida. Pocas cosas son tan divertidas como hacer enojar a las leonas. Solo por esos momentos, bien valía el costo de la inscripción y la mensualidad.

Volví a levantar la vista y Juanita me observaba fijamente. El coraje había desaparecido, ya no se veía en su rostro ni en su mirada. Su mente trabajaba ya en otro plan.

Las leonas nunca pierden.

 

 In Memoriam.

A cuatro años de su partida al reino de los cielos, Juanita sigue muy presente en la memoria y en los corazones de todos los que tuvimos la fortuna de conocerla, de quererla, de apreciar su inmensa calidad humana y su enorme instinto de madre protectora.

Descansa en Paz.

Juanita Isabel.

 








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