Si hoy fuera tu último día de vida ¿qué harías?
Parte I.
Joaquín Jiménez se despertó
aquella mañana con la certeza absoluta de que era su último día de vida.
Pocas veces se había sentido tan
seguro de algo.
Lo sintió en las entrañas y en el
corazón que le palpitaba con fuerza.
Lo escuchó desde la lejanía de
esa voz interior que lo acompañaba desde su más tierna infancia.
Ni la misma muerte, que lo visitó
durante la pandemia, le dio tanta convicción.
No era una amenaza.
No estaba ofuscado ni sentía
miedo.
Solo estaba… seguro.
No sintió impulso por contárselo
a alguien. ¿Para qué? Las horas corrían con rapidez y el tiempo era, a partir
de ese instante, su posesión más valiosa. ¿para qué desperdiciarlo con gente
que intentaría convencerlo de su error?
Las cosas son como son, y
hacen lo que hacen por lo que son, me guste o no -reflexionó- y el
destino no respeta ni espera. Lo que es, es; lo que no es, no es.
¿Para qué perder el tiempo
explicándole a la gente?
Una mañana soleada de un día
cualquiera, Joaquín supo que moriría al llegar la noche y se puso manos a la
obra.
Parte II.
Uno de los primeros pensamientos
que tuvo fue el de recordar aquella vez que le preguntaron a bocajarro: Si hoy
fuera tu último día de vida ¿qué harías?
Tenía veinte años y la pregunta
lo tomó desprevenido. No supo qué responder, pero se pasó meses
reflexionando.
¡Pero si no he vivido casi
nada!
A veces se sentía aliviado con la
idea.
Vivía con la angustia de no
llegar a fin de mes, de no juntar para la renta…de no saber si comería al día
siguiente.
La angustia se convertía en dolor
cuando no lograba llevar nada al estómago durante un par de días. Y el dolor se
convertía en tristeza profunda al reconocer a un perdedor absoluto cada vez que
se veía en el espejo.
A manera de consuelo, se subía a
la azotea del edificio donde trabajaba para ver llegar a los pájaros por la
tarde, ya con la noche cayendo. Cientos de tordos y zopilotes se agolpaban
sobre las copas de los pinos que atravesaban la alameda. Era su momento
estelar. No se escuchaba nada más que los graznidos insistentes y a veces
insoportables. Eso era música para él; lo elevaba de su condición y se olvidaba
de todo.
Después, el bullicio del tráfico
se imponía y el trance terminaba.
Un sábado por la noche, mientras
recorría las calles del centro de la ciudad con el estómago vacío, tuvo una
idea lúcida. Ocurrió justo cuando pasaba frente a un puesto de hamburguesas que
tanto le gustaban y que rara vez consumía.
¡Qué bueno sería si me
encontrara un billete de veinte pesos!
Diez metros más adelante, un
billete de veinte pesos lo esperaba paciente sobre la banqueta. Expuesto y
visible con la luz del alumbrado público, un poco arrugado pero reconocible. Lo
recogió y su primer impulso fue correr, pero se contuvo. Levantó la vista, miró
hacia todos lados, mostró el billete al viento por si alguien lo quería
reclamar.
Ni un solo transeúnte se
manifestó.
Y entonces experimentó una mezcla
nueva de emociones: alegría intensa y vergüenza. Un cóctel desconocido. Sentía
pena por la persona que había perdido el billete, mucha pena.
Y con la misma pena dio media
vuelta, se metió al puesto de hamburguesas y ordenó la mediana, la de veinte
pesos.
Mientras masticaba y saboreaba
con los ojos cerrados, recordó de nuevo la pregunta que le habían hecho: Si hoy
fuera tu último día de vida ¿qué harías?
¡Qué pregunta tan estúpida!
Parte III.
A Joaquín le volvieron a hacer la
misma pregunta cuando tenía cuarenta años. Ocurrió durante un curso de
capacitación al que lo habían enviado junto con otros compañeros de trabajo.
Ya estaba familiarizado.
Respondió con lujo de detalles
durante treinta minutos.
Hablar con mis padres,
pedirles perdón, decirles lo mucho que los amo y agradecerles por la vida.
Hablar con mi hermana, pedirle
perdón, y confesarle mi amor profundo e incondicional.
Hablar con mi abuelita y
agradecerle por tanto amor.
Hablar con mis tíos y tías…
Contactar a mis mejores
amigos…
Comer mole y antojitos hasta
el hartazgo.
Cantar y bailar hasta el
cansancio.
Tomar mucha Coca Cola.
Requerir el amor carnal de
aquella que siempre me gustó, sin importarme nada.
Ir al cine y comer hot dogs y
palomitas.
Escuchar a Polo Polo por
última vez y reír hasta que me falte el aire.
Cantar con los pájaros, aunque
no me entiendan.
Caminar descalzo sobre el
patio trasero de mi casa y dejarme caer sobre los arbustos.
Dejar que las hormigas y
gusanos me recorran la piel.
Beber cerveza hasta
desconocerme…y comer hongos para escuchar a los vecinos de enfrente.
El instructor tuvo que pedirle
que terminara para dar tiempo a otros participantes.
¡Pues no ande
preguntando lo que no quiere oír!
Parte IV.
Joaquín Jiménez se despertó
aquella mañana con la certeza absoluta de que era su último día de vida.
Sesenta años habían transcurrido
desde el día en que su madre lo trajo al mundo.
Después de un rato de
cavilaciones, se percató de una sensación rara que le recorría las entrañas y
le erizaba la piel.
Se sintió como en una fiesta en
donde la música, el vino y la gente ya se han marchado; luces apagadas y mesas
sin manteles. Solo un rayo de luz tenue que entra por la puerta principal,
esperando su salida.
Y entonces lo entendió todo.
Hay platos de comida que no
llenan nunca por muy abundantes que sean, y otros que sacian el hambre antes de
terminarlo.
Hay poemas que aburren y
duermen, y otros que cierran ciclos en el alma antes de la última estrofa.
Hay películas que se deben ver
hasta el final para entenderlas, y otras cuyo final se conoce desde los
primeros minutos.
Hay vidas que solo se
completan hasta el último aliento, y otras que lo hacen mucho antes de que la
muerte haga acto de presencia.
Sin nada ya por hacer, Joaquín
supo aquella mañana que ese sería su último día.

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