El sueño de Daniel.

 


Daniel tocó a la puerta de la casa ubicada en la esquina de las calles 20 y Guadalupe, al sur de la ciudad; muy cerca de las vías del tren y del río San Marcos.

Doña Amalia, la dueña, se asomó por la ventana y vio el rostro ansioso de aquel niño de nueve años y preguntó qué se le ofrecía.

A Daniel le urgía hablar con su amigo Oscar y contarle el sueño que había tenido la noche anterior. La turbación era evidente en el rostro del muchacho, y doña Amalia le hizo ver que su nieto aún no llegaba de la escuela.

Ven a verlo como a las seis, ya que haya comido y hecho la tarea.

Daniel regresó a su casa cabizbajo, con las manos en los bolsillos de su pantalón corto, y pateando las piedras que se encontraba en su camino.

Y lo esperó debajo de un árbol durante horas.

Justo a las 6 de la tarde, después de dos horas frente al televisor, Oscar salió al encuentro de su amigo. El sol comenzaba a ocultarse detrás de la cordillera de la sierra madre oriental. Con la luz del día remanente, tenían un par de horas para las clásicas retas de fútbol de viernes por la tarde.

Daniel lo llamó con un ademán y se dispuso a contarle lo que le angustiaba.

Anoche soñé que salía a jugar contigo y los demás, pero al acercarme vi que había un niño idéntico a mí. Tenía la misma cara y estatura, la misma ropa, los mismos tenis, y se llamaba igual que yo, Daniel.

Cuando te saludé me miraste como si no me conocieras. Los demás preguntaron que quería y se rieron cuando les dije que yo era Daniel.

No, no, dijeron. Él es el verdadero Daniel y a ti no te conocemos. ¿Quieres jugar con nosotros?

Corrí a mi casa a buscar a mi hermano Isaías, pero no estaba. Regresé y me acerqué al niño que era idéntico a mí. Le pregunté quién era y por qué fingía ser yo. Se quedó callado, mirándome. Me acerqué más y lo amenacé con darle un golpe, pero mi mamá me llamó con fuerza: ¡Daniel ya métete porque es tarde!

Y en ese momento el otro Daniel desapareció y yo me desperté del sueño.

Oscar y el resto de los amigos escuchaban la historia en silencio, con la mirada fija en la calle sin pavimentar. Nadie se atrevía a hablar.

—¡Ayer nos contaste el mismo sueño! —respondió finalmente Oscar.

—¿Ayer? —preguntó Daniel intrigado— Ayer yo no estaba aquí. Apenas regresamos anoche de Linares.

—Ayer metiste dos goles —insistió Oscar— te bronqueaste con el Piña, y después nos contaste el mismo sueño.

El resto de los niños presentes asintieron con sus cabezas y el silencio regresó.

Al otro extremo de la calle se escuchó un grito, claro y fuerte:

¡Daniel ya métete porque es tarde!

 

Epílogo:

Dedicado con mucho cariño al mejor amigo que tuve en mi infancia, Daniel. El niño con el que compartí juegos, andanzas, travesuras, historias de miedo… y mucho fútbol. Hoy 30 de abril, día del niño, él juega ya en los inmensos patios del reino celestial, a los pies del Padre. Algún día volveremos a jugar fútbol, hasta el final de los tiempos y más allá.

Dedicado también a ti querido lector(a), quienquiera que seas.

Porque el niño o niña que alguna vez fuiste, aun vive dentro de ti. Está ahí, anhelando salir de nuevo, soñando con recorrer de nuevo aquellos mundos paralelos que creaste con tu imaginación y que un día abandonaste por las circunstancias de la vida.

Si lo vuelves a ver, dale mis saludos y esta vez…no lo dejes ir.

¡Feliz Día del Niño!

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