Un Jumex de Guanábana para el Pintor | In Memoriam.

 


Poza Rica, Veracruz.

Sus zapatos siempre me intrigaron. 

Eran de piel de gamuza y suela de goma, de color caqui, con agujetas que apenas lograban cerrar el nudo.

¿Por qué nadie más en la familia usaba ese tipo de zapatos?

¿Por qué solo él?

En alguna ocasión escuché a mi madre decir: ¡Ay Héctor, has de traer esos pies todos birriondos! 

Lo que más me gustaba era la suela, de goma flexible y muy cómoda para caminar. Comparada con las suelas de baqueta de mis zapatos, la goma se veía más bonita y original.

Algunas veces lo veía hacer ejercicio en el patio de la casa, descalzo y sin camisa. Solo un short y cincuenta lagartijas seguidas, sin parar. Después venían las abdominales, y cerraba un rato con salto de cuerda. Nunca lo vi haciendo sentadillas, no las necesitaba.

El verano en Poza Rica era insufrible y aun así él se veía muy cómodo. Su peso y estatura también ayudaban. Era delgado, esbelto, de estatura media y muy ligero. Se decía que era muy hábil para tirar golpes. 

Aquella tarde de sábado, bajo un calor intenso, llegué a casa de mi tía Dora junto con mi madre y mi hermana. Era la primera semana de vacaciones del verano de 1975. Lo vi acostado boca arriba sobre el mueble principal de la sala, con los ojos entrecerrados y las manos cruzadas sobre su abdomen. 

Me quedé observándolo sin hacer ruido, y después de un rato notó mi presencia. Abrió los ojos y me sonrió.

¿Cómo estás hijo?

Le respondí que bien y le pregunté si no necesitaba algo de la tienda.

Por aquella época mi padre me mandaba siempre a comprar a la tiendita de enfrente, y con mucho orgullo decía que yo era muy bueno para hacer mandados. ¡El mejor!

Ofrecer mis servicios gratuitos a cualquier miembro de la familia era un verdadero honor.

Después de pensarlo unos segundos, me dijo que sí. Sacó un billete de su cartera y me dijo: se me antojo un jugo de la tienda, y te compras uno para ti.

No era necesario, yo los mandados los hacía gratis, pero un jugo era un jugo. 

Salí corriendo en estampida rumbo a la tienda que se ubicaba sobre la avenida Juárez, a unos cien metros de distancia. 

A mitad de camino un pensamiento me detuvo de golpe: Asu, no me dijo de qué sabor. Me regreso a preguntarle o me lanzo de una vez a la tienda y le compro uno de mango o durazno. Son los únicos que hay. 

Tremendo dilema para un chavo de 6 años.

Casi pude escuchar la voz de mi padre diciéndome no hijo, un mandado se hace bien o no se hace.

Di media vuelta y volé de regreso a la casa de mi tía Dora.

Tío, ¿de qué sabor quiere el jugo?

Estaba seguro que diría durazno. 

Lo pensó unos instantes y respondió de guanábana. 

Dos cosas tengo muy presentes de aquel momento: una fue la expresión de su rostro y la otra el nombre raro que acababa de decir.

La expresión era la misma que veía en mi madre, en mi tío Nacho y en mi tía Dora, y prácticamente en el resto de mis tíos. Contraen ligeramente los pómulos y párpados, como cuando alguien trata de protegerse de la luz del sol sin las manos; y después se expresan en un tono de voz suave y despreocupado, con un acento cantadito muy típico del habla de la zona huasteca.

El nombre raro por su parte, era más fácil de explicar: nunca antes había escuchado esa palabra. No la conocía. No sabía que era guanábana. Debía ser una fruta, de otro modo no la hubiera pedido. Pero… ¿Habría de ese sabor? ¿y si no había?

La palabra la repetí durante todo el camino. Ya no corrí, caminé y la repetí en voz alta hasta memorizarla.

Grande fue mi sorpresa al ver al encargado de la tienda abrir el refrigerador y extraer un jugo de guanábana sin inmutarse. La palabra definitivamente existía.

 

Aquella tarde aprendí una palabra nueva y tuve el privilegio de hacerle un mandado a mi tío Héctor, el ser humano más maravilloso que he conocido en toda mi vida. El más valiente. El más fuerte. El más noble y comprensivo. El más creativo y artístico. El más sabio y trascendente.

En un día como hoy, 8 de mayo, de hace cinco años, mi tío Héctor fue llamado por nuestro Padre Celestial a reunirse con Él, con nuestro Salvador, y con el resto de la familia. Desde este lado del reino, lo seguimos recordando con el profundo amor que le tuvimos y la enorme gratitud que le profesamos todos los que tuvimos la dicha de conocerlo.

 

¡Un abrazo hasta el cielo querido tío Héctor!




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