Alexander.

 



Me llamo Alejandro, aunque el mundo me ha llamado Magno (el grande). No fui un hombre corriente; nací para incendiar la historia y dejar mi huella donde el sol no se atrevía a brillar. En el crepúsculo de mi vida, mientras la sombra de Babilonia se alarga y la fiebre me devora, contemplo mi existencia como se contempla el fulgor de un relámpago: breve, pero capaz de iluminar la eternidad.

Mi vida comenzó en Pella, bajo los auspicios de un destino que jamás permitió modestia. Mi padre, Filipo II, era el león de Macedonia, y mi madre, Olimpia, la sacerdotisa de misterios indescifrables. Dicen que fui hijo de Amón, el dios egipcio, pues mi madre aseguraba que un rayo la visitó la noche en que fui concebido. ¿Qué niño puede negar la sangre de dioses cuando su madre lo envuelve en mitos? Así, desde la cuna, el relámpago me perteneció.

No fui educado como un príncipe, sino como el futuro señor del mundo. Aristóteles, el sabio de sabios, se encargó de mi instrucción. Me enseñó el arte de la palabra, la lógica de los sueños y el valor de la duda. En la academia, la filosofía se mezclaba con las armas. Mis manos aprendieron a acariciar libros y a empuñar la lanza con igual destreza. Si alguna vez dudé, fue solo para avanzar con más vehemencia.

Cuando el mundo me pareció pequeño, decidí expandirlo. Crucé el Helesponto, enfrenté a Darío, y nunca temí a los ejércitos persas. Lo vencí dos veces, en Issos y en la batalla final, en Gaugamela. Mi caballo Bucéfalo y yo cabalgamos más allá de lo imaginable; fundé ciudades, entre ellas Alejandría, la joya donde convergen los sueños de Oriente y Occidente. Cada batalla fue un poema; cada victoria, una pintura sobre el lienzo del tiempo. En mi estandarte, el viento solo soplaba hacia adelante.

El mundo enmudeció ante mi presencia.

La gente me preguntaba si era dios o hombre. ¿Acaso no soy ambos? En el oasis de Siwa, el oráculo de Amón me llamó hijo suyo. Sentí el peso de la divinidad en mis hombros, y la humanidad en mis heridas. La gloria es un vestido tejido por los dioses, pero el dolor lo cosen los mortales. Así, fui Alejandro: mitad relámpago, mitad carne.

Mis ojos eran bicolores, uno azul, otro marrón, como si la naturaleza se hubiera divertido en mi rostro. Mi cabello, rubio y rebelde, parecía llamar al sol. No era el más alto entre mis generales, pero nadie en la tierra podía mirar sobre mi orgullo. En mi andar, la historia se detuvo a escuchar el paso del rey.

Muchos hablan de mis banquetes, de mi gusto por el vino, de noches en que la risa venció al silencio. Pero ¿acaso no es el vino el combustible de los sueños? Compartí la copa con mis generales, y nunca permití que la embriaguez gobernara mi juicio. Si me acusaron de borracho, fue porque confundieron el brillo de mi ambición con el fulgor del licor. En la mesa y en el campo, mi mente fue más afilada que mi espada.

Nunca perdí una batalla, porque nunca permití que el miedo se asomara en mi corazón. Mi ejército era mi familia; sus heridas, las mías; sus triunfos, mi destino. Guiaba a mis hombres desde el frente, y juntos conquistamos los límites del mapa y de la imaginación. Jamás ordené a un soldado que hiciera algo que yo no estuviera dispuesto a realizar primero. En la guerra, un rey debe ser más que comandante: debe ser el fuego mismo que inspira a arder.

No fui inmune a la sangre. En la India, una flecha me atravesó el pecho; en otras tierras, la muerte me guiñó el ojo más de una vez. Cada cicatriz es una línea en el poema de mi vida; cada dolor, una nota en la sinfonía de mi destino. Pero jamás permití que el dolor me arrodillara, pues el trueno nunca se inclina ante la tempestad.

A los treinta y dos años, la fiebre me abrazó en Babilonia. Sentí que mi cuerpo se volvía sombra, pero mi espíritu ardía como nunca. No sé si fue veneno o la fatiga de haber vivido tantas vidas en una sola, pero mi historia se detuvo en ese instante, aunque mi legado siguió caminando por siglos, como un eco interminable.

Mi mayor victoria no fue la conquista de tierras, sino la conquista de ideas. El helenismo se propagó como el aroma de una flor desconocida, fusionando saberes y culturas en un abrazo eterno. Alejandría, mi ciudad más amada, se convirtió en faro para el mundo. Allí, los sabios y los poetas encontraron refugio y los sueños viajaron de Occidente a Oriente como el viento que nunca se detiene.

Ahora me despido, orgulloso y nostálgico. La vida es breve, como la chispa de un relámpago, pero puede iluminar la eternidad si se vive intensamente. No busques la inmortalidad en monumentos; busca en el fulgor de tus acciones. Sé el trueno en tu historia, el relámpago en tus días.

Yo fui Alejandro Magno, y aunque el tiempo me apague, mi voz resuena invitando: vive, arde, conquista tus propios mundos. Así, el relámpago jamás dejará de brillar.

 




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