La Confesión
Uno de mis pasatiempos favoritos
es entrar a las librerías y pasar lista a todos los libros disponibles. En
muchas ocasiones no compro nada, solo leo las reseñas en las contra portadas y
trato de imaginarme el resto del contenido.
Este hábito lo desarrolle en mi
juventud, cuando no tenía ni un peso en la bolsa y tenía que conformarme creando
historias en mi mente a partir de los párrafos que las editoriales compartían
generosamente al reverso de los libros.
Hasta la fecha sigo disfrutando
de ese pasatiempo, siempre que me es posible.
Aquella mañana de sábado me
encontraba parado frente a una de las librerías ubicadas en el pasillo central
del centro comercial Plaza Fiesta.
Sostenía en mis manos una edición
de lujo de la Ilíada de Homero. Con los ojos entrecerrados intentaba recordar
los pasajes más memorables de esa obra fascinante que había leído cuando tenía
unos veinticuatro años.
<<Y pensar que gracias a
la arqueología, ahora sabemos que la ciudad de Troya si existió. Se ubicaba en
la parte septentrional oeste de la actual Turquía, muy cerca de la entrada que
lleva al estrecho de los Dardanelos y que conecta al Mar Egeo con el Mar de
Mármara. Esa ruta lleva hasta la actual ciudad de Estambul… la antigua
Constantinopla.
Y pensar que gracias a las
excavaciones arqueológicas se han logrado encontrar los vestigios de una
cruenta guerra que destruyó la ciudad.
Y pensar que hoy día se puede
incluso fechar el acontecimiento que enfrentó a los Troyanos con los Griegos
Micénicos y toda su pandilla; parvadas de rufianes, invasores, señores de la
guerra y la destrucción. Y pensar que esa guerra se llevó a cabo en el año
950ac aproximadamente. Por esas mismas fechas Salomón reinaba en Israel y
empezaba una nueva era en la historia humana: la edad del hierro.
¿Fue verdad lo del rapto de
Helena a manos de Paris Alejandro, príncipe de Troya?
Según Heródoto, antiguo historiador
griego, el rapto sí ocurrió.
O los griegos eran muy
estúpidos o de plano les encantaba matar y que los mataran. Yo no me compro esa
historia. Debió haber otros motivos de índole económico o geopolítico que
justificaran semejante hazaña: invadir y destruir Troya.
Sea como sea, mi héroe fue y
seguirá siendo el gran Héctor, príncipe troyano, que ante la calamidad y la certeza
de su trágico destino, decidió dar pelea con todas sus fuerzas y con todo su
espíritu. El diálogo que sostiene con su esposa antes del combate final con Aquiles
es una de las piezas literarias más trágicas que he leído en mi vida; es un
diálogo de despedida antes de su cita con la muerte.
Aquiles es el héroe de muchos,
pero pasan por alto su personalidad vanidosa, violenta, egocéntrica y narcisista.
Pasan por alto que su valentía y arrojo emanaban del hecho de saberse
invencible por su naturaleza semi divina.>>
Una mano se posó sobre mi hombro
y me trajo de vuelta a la realidad. Era Carla Sobrevilla, una ex compañera de
trabajo.
Trabajamos juntos en una empresa
maquiladora y siempre nos llevamos muy bien. Ingeniera de profesión,
especialista en ventas, capacitadora y expositora frecuente en las reuniones de
estrategia corporativa.
Una gran profesionista y un gran
ser humano. Siempre admiré su gentileza y buen trato. Era de las pocas personas
que se reía de mis chistes ridículos e infantiles. Trabajamos juntos en varios
proyectos y aprendí mucho de ella en temas de estrategia operativa.
Charlamos durante un rato, me
enseño las fotos de sus hijos y quiso saber a qué me estaba dedicando en esos
días. Algo que siempre admiré de ella es su capacidad para escuchar. Carla es
el tipo de persona que cuando te pregunta algo, dirige toda su atención hacia
ti, te escucha atentamente, no se distrae, no interrumpe, y suele recordar todo
lo que se le dice.
Con la perspectiva del tiempo
transcurrido, he llegado a la conclusión de que no fue solo su profesionalismo
ni su gran belleza física lo que me cautivó cuando éramos compañeros. No hay
nada más seductor que la atención total y sincera que una persona demuestra
cuando se habla con ella.
Con el tiempo y la convivencia me
enamoré perdidamente de Carla.
Pasé a formar parte de un grupo
selecto de hombres que vivíamos pensando en ella todo el tiempo. Siempre me
esforcé por disimularlo y mantener mi amor en secreto.
En secreto porque era casada y
porque a pesar de su natural belleza y coquetería, nunca me dio motivos para
pensar que sentía algo por mí. Jamás insinuó nada que no fuera amistad pura y
sincera…camaradería laboral.
Y esa mañana estaba ahí, parada
frente a mí, sonriente, alegre y pendiente a todo lo que yo le estaba contando.
Su esposo se había metido a una zapatería y ella aprovechó el tiempo para
saludarme.
Todas las personas tenemos
momentos de gran estupidez a lo largo de nuestras vidas. Momentos en el que sin
pensarlo, decimos cosas que no debemos. Salen desde lo más profundo de nuestro
subconsciente.
Y a mí me ocurrió aquella mañana.
—Ahora que ya no somos compañeros
de trabajo —dije nervioso— quiero hacerte una confesión.
—¡Uy! ¿En serio? ¿De qué se
trata? —respondió sonriente y ansiosa— anda ya, dime, ¿de qué se trata?
—Es posible que no te guste lo
que voy a decir. Es posible que te des la media vuelta y me dejes de hablar.
—¡Ay Dios! ¡Cuánto misterio!
—exclamó riéndose.
Mi corazón se aceleró y pude
sentir el rubor en mi rostro.
Carla me observó fijamente y
respondió con seriedad:
—Sea lo que sea, no me enojo.
Dale, te escucho.
Pase saliva para aclarar la
garganta, inhalé y expiré aire con suavidad, miré hacia todos lados para
asegurarme de que su esposo no estaba cerca, y finalmente le abrí mi corazón:
—Siempre me has gustado, y mucho.
Estuve enamorado de ti todo el tiempo que fuimos compañeros.
Me sostuvo la mirada unos
instantes y después la bajo. Miró con nerviosismo hacia ambos lados del pasillo
y se quedó pensativa unos instantes.
Volvió a mirarme y sin sonreír
respondió:
—¿Y luego, qué más?
—¿Qué más? Pues nada, que todo
ese tiempo que trabajamos juntos, a mí solo me motivaba tu cercanía. Te veía de
lejos y mi corazón se aceleraba. Cuando coincidíamos en alguna junta, la
respiración se me salía de control. Te veía caminar con tus jeans ajustados y me
excitaba mucho.
Su rostro se puso rojo y volvió a
desviar la mirada.
—Ay Oscar, ¿por qué me dices
estas cosas?
—Porque no me quiero quedar con nada.
Quiero que lo sepas. Quiero que sepas que hubo un tiempo en el que yo solo
pensaba en ti, soñaba contigo, vivía de ti, por ti, y para ti.
—¿Alguna vez me soñaste mientras
dormías?
—Si, varias veces.
—¿Y cómo fueron esos sueños?
—¡No quieres saber!
—¡Si! Si quiero.
Algo en su mirada había cambiado.
El rubor había desaparecido y se le veía más segura. Me armé de valor y di el
último paso.
—Fueron sueños eróticos. Te hacía
el amor de mil maneras.
—¿Qué me hacías?
—Pues te hacia el amor, tú me
entiendes.
—Si pero ¿qué me hacías?
La observé unos instantes y
realicé un último intento por evadirla:
—Mejor cambiemos de tema.
—¡No! Quiero saber. No muerdo
Oscar.
—¿Quieres que te dé los detalles?
—pregunté.
—Si.
Me acerqué a ella y le susurré al
oído:
—En mis sueños te acostabas en el
filo de la cama, desnuda y boca arriba; yo me arrodillaba frente a ti, te abría
las piernas y te lamía como león hambriento.
<<Ahora sí, hasta aquí
llegue. Adiós amistad. Adiós a las buenas charlas. Maldita la hora en que se me
ocurrió confesarme.>>
—¿Y qué más? —preguntó sin
titubear.
—Después de un rato, me pedías
que te lo hiciera.
—¿Y qué hacías tú?
—Te colocaba boca abajo, te lamía
el trasero y después me deslizaba con fuerza dentro de ti. Tu gritabas de
manera escandalosa y después de un rato te montabas en mí, y me cabalgabas como
una amazona poseída y fuera de control. Tu cuerpo terminaba tembloroso, bañado
en sudor, y con la respiración contenida… como si no pudieras respirar.
—¿Gritaba yo en tus sueños?
—Si, mucho.
El rubor había regresado a su
rostro con más intensidad; estaba sofocada.
—Me dejas en shock. No sé qué
decir.
—No tienes que decir nada. Solo
quiero que sepas que en mis sueños, tú has sido mía muchas veces, solo eso. En
mis sueños, tú y yo hemos hecho el amor de muchas formas. Pero insisto, eso fue
hace tiempo, y siempre, siempre he valorado tu amistad, por favor no te vayas a
enojar, tu amistad vale mucho para mí. Perdóname por haberte dicho todo esto,
si yo pudiera…
—¿Yo me hincaba frente a ti? —me
preguntó de golpe.
Me quedé un momento con la boca
abierta, sorprendido y sin entender la pregunta. Su rostro había cambiado de
nuevo. Ya no había pudor ni evasión en su mirada. Su voz sonaba firme y segura.
—¿Perdón? No entendí.
—En tus sueños ¿yo te hacía sexo
oral?
—Si.
—¿Y qué pasaba?
—Mi cuerpo entero colapsaba
dentro de ti.
Se quedó pensativa un rato con
los labios ligeramente separados. Movía la cabeza asintiendo, confirmando,
haciendo acuse de recibo mientras una gota de sudor, apenas perceptible,
escurría discretamente sobre su sien izquierda.
Después fijó su mirada a lo lejos,
sobre el pasillo.
—Alla viene mi esposo. Esta
conversación nunca pasó ¿ok?
—Claro, claro. Tema olvidado.
—Gracias por la confianza y no
hay problema, queda aquí entre nosotros.
—Jamás volveré a mencionarlo y si
llegamos a coincidir de nuevo, sea en un trabajo o en alguna fiesta o lo que
sea, te prometo que nunca volveré a tocar el tema. No quiero perder tu amistad.
—Lo sé, te conozco bien. Siempre
fuiste un gran compañero y amigo. Es más, siempre te he admirado. Eres un hombre
muy inteligente.
—Agradezco tus palabras y tu
madurez para asimilar todo esto.
Su esposo estaba a cincuenta
metros de distancia. Carla le sonrió y mientras caminaba hacia nosotros, me dijo en voz baja:
—Y por cierto: yo también soñaba
contigo en aquella época…pero lo hacía despierta mientras hacía el amor con mi
marido.
Su esposo llegó cargando unas
bolsas y saludó cortésmente.
—Amor, él es Oscar, un ex
compañero de trabajo. Alguna vez te hable de él ¿Te acuerdas?
—Si claro, mucho gusto Oscar.
—El gusto es mío y fue un gusto
verlos a ambos. Buena tarde.
Carla y su esposo se alejaron
mientras yo buscaba un lugar donde esconder mi erección. La última revelación
había revivido sentimientos muy intensos. La observe nuevamente con su caminar
cadencioso, el mismo que paralizaba mi respiración años atrás, con un marcado vaivén
de caderas, sensual, voluptuoso, como regalándome una postal de despedida, como
reclamándome por algo que pudo ser y jamás fue.
Cuando llegaron al final del
pasillo ella volteo un instante y me sonrió.
Ahora compartíamos un secreto. Un
secreto mutuo. Un secreto capaz de incendiar mis entrañas y llenarlas de
promesas.
Solo eso…promesas.

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