Las Memelosky.
Lo que más llamaba la atención a
primera vista era su pelo, rubio platinado. Lo segundo era su estatura, superior
al promedio. Las potentes lámparas LED que pendían del techo acentuaban la
palidez de su piel blanca nacarada, y los que la miraban de cerca a la cara
notaban de inmediato el doble color de sus ojos, azul celeste y verde avellana.
Envuelta en una blusa de lino
color violeta pálido, con mangas desbordadas en las muñecas, tirantes a la
altura de los hombros y un escote modesto que no ocultaba la turgencia y
simetría de sus senos, caminaba con cautela y elegancia, con el sigilo de una
pantera, intentando pasar desapercibida.
¡Como si eso fuera posible!
El pantalón blanco entallado en
lycra, mostraba al mundo la perfección que un ser humano puede alcanzar cuando
se combina con sabiduría la genética y el ejercicio bien planificado, con
rutinas enfocadas a robustecer glúteos y piernas. Solo así se podía entender
ese cuerpo escultural, bien torneado, firme, como esculpido a mano por Miguel Ángel.
Para rematar, unos pies blancos
simétricos, impolutos, en perfecta armonía con las sandalias abiertas de color
azul, tacón alto, y las uñas de los dedos pintadas de rojo carmesí.
A su paso, el recinto se impregnó
de un aroma a lavanda y frambuesas, y a pelo recién secado. Tomó asiento y
sonrió con amabilidad al mesero. Este le ofreció el menú impreso pero ella solo
se limitó a decir ¿Qué me recomiendas para cenar? ¿Tienen alguna
especialidad?
A solo tres mesas de distancia,
las hermanas Memelosky y un amigo de nombre Fabio, observaban la escena sin
perder detalle. Fabio, al igual que el resto de los hombres del lugar, y al
igual que el resto de los hombres del mundo, contemplaba extasiado a la imponente
mujer.
Durante su juventud pasó noches
enteras leyendo los mitos y fábulas de los antiguos romanos, y soñó mil veces
con aventuras y experiencias junto a Venus, la diosa del amor, la belleza, y el
deseo.
Esa noche sus anhelos más
profundos emergían al ritmo de una bachata que inundaba la serena armonía del lugar. Y a la luz de aquella aparición mágica y voluptuosa, buceaba en la
inmensidad de un océano de plenitud y felicidad.
Porque para un hombre de verdad,
la belleza femenina eclipsa la realidad mundana y lo sumerge en ríos místicos
de goce interminable.
Fue Rufina Memelosky la encargada
de romper el encantamiento de Fabio. Lo hizo muy a su estilo, directa y sin
tapujos, y sin dejar de saborear su Medias de Seda recién preparada.
—¡Pinche güera oxigenada!
—Deja tú lo oxigenada —respondió
su hermana Reynalda— ¡Pinche güera Vodka!
—¿Por qué güera Vodka? —preguntó
Fabio intrigado.
—¡Por el Oso Negro!
Las carcajadas de las dos
hermanas se escucharon en todo el lugar. La Diosa Venus por su parte, con esa
intuición propia de la mujer que se sabe hermosa, supo de inmediato que hablaban
de ella.
Y eso la motivó.
Porque la mujer bella desarrolla
desde edades tempranas un instinto muy agudo que le indica en todo momento
cuando hace conexión con las pulsiones masculinas y femeninas de su entorno. Hombres
y mujeres manifiestan, de manera involuntaria, el impacto que produce la
belleza en lo más profundo de su mente inconsciente. Es instintivo, natural…animal.
La Diosa cruzó una de sus piernas
y dejó caer su sandalia, dejando expuesto el pie izquierdo en todo su esplendor.
Sabía lo que venía después.
Fabio y el resto de la comunidad
del tornillo, realizaron una vez más el mismo acto circense que aprendieron
desde la adolescencia. Sin mover la cabeza, torcieron los ojos cuarenta y cinco
grados para deleitarse con ese pie tan bien cuidado, monumental, sensual…erótico.
—¡Pinche vieja patas de polvorón!
—¡Ay pero míralos! ¡Están
embobados!
—Y créeme que me esfuerzo por
entender, pero no lo supero. Yo quisiera saber que chingados le ven a esa naca mosca
muerta.
—¡Yo también! A ver tú,
explícanos, ¿qué tanto le miras a la Vodka?
Rufina y Reynalda Memelosky estaban
perdiendo la paciencia, y Fabio sabía, por previas experiencias, que eso no iba
a terminar bien.
—Pues, para empezar —respondió
Fabio— la dama tiene cuatro buenas razones para llamar la atención. Eso nomás
de arranque.
—¿Te refieres a las tetas y a las
nalgas? ¡Son operadas! —respondió Reynalda.
—Pues yo las veo muy normales
desde aquí.
—Además —agregó Rufina— es una
india revestida. ¡Nomás mírala! El metate lo dejó allá afuera.
—¡Prófuga del metate!
Las carcajadas de ambas se
volvieron a escuchar en todo el recinto.
La Diosa, impasible y dueña
absoluta de la situación, dio un trago largo a su Martini. Sin prisas y con
elegancia, con el tronco de su espalda ligeramente arqueado y los ojos clavados
en el fondo de la copa, como queriendo seguir la letra de la canción que se
escuchaba en el ambiente. Con suavidad y precisión tomó una aceituna entre sus
dedos, la observó un par de segundos, y después la introdujo en su boca cerrando
los ojos y concentrándose en la enervante combinación del sabor salado con
ginebra y vermut.
Al abrir de nuevo sus ojos,
ocurrió la magia del embrujo.
Solo fue una fracción de segundo.
En una fracción de segundo, sus
ojos felinos multicolor observaron el rostro de Fabio y este sintió que la
tierra se abría a sus pies. No supo con certeza si el corazón se le paralizó, o
se aceleró al tope. El embrujo de la Diosa se había apoderado de él.
Fuertes ráfagas de electricidad
recorrieron su médula espinal y se agolparon en la base de su cráneo. Sintió
que mil manos le acariciaban el cuerpo, desde la punta de los pies hasta lo más
elevado de su cabeza.
Porque cuando la Diosa observa,
el hombre mortal sucumbe.
—¡Méndiga piruja! Ahora le tiró
el calzón a éste.
—¡Ay no puede ser! Se supone que
este es un lugar bonito y decente. Me lo recomendaron mucho. Y mira, este ya se
enculó con la Vodka.
—Deberían poner filtros en la
entrada. Voy a hablar con el gerente.
Reynalda se puso de pie.
Estaba indignada.
El Fabio no salía de su embeleso
nocturno.
Pero la mano de su hermana Rufina
la hizo sentarse de nuevo.
—Espérate tantito, no tan rápido.
¡Mira! ¡Mira!
Un apuesto hombre, joven, envuelto
en un traje azul marino, camisa blanca y corbata color guinda, se estaba sentando
a la mesa de la Diosa. Ella le sonrió y ambos se dieron un beso en la boca mientras
el mesero esperaba pacientemente con el menú en la mano.
—Ayyyy Diosito de mi vida, qué suerte
tienen las hediondas.
—Méndiga Vodka revestida. Uno así
me recetó el doctor. ¡Ya nos lo ganó!
—Yo nomás tengo dos vicios, uno viene
envuelto en papel de arroz.
—¿Y el otro?
—En tela casimir.
Una nueva ronda de risas inundaron
el recinto, pero esta vez la Diosa ya no les prestó atención. Su espíritu había
emprendido el viaje a las alturas, a un lugar donde no hay espacio para las
nimiedades de la cotidianeidad mundana.
Un lugar donde solo hay espacio
para dos.

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