La oración de un padre.
La noche del viernes 17 de noviembre del año 2000, tomé el último autobús disponible con rumbo a la ciudad de Victoria, Tamaulipas. Iba a ver a mi padre que agonizaba en un hospital, víctima de un cáncer fulminante. Ya no lo alcancé.
Semanas más tarde, mientras
acomodaba sus pertenencias, encontré su cartera: credenciales, un recibo de
luz, una foto antigua de su madre, y un pedazo de papel con algo escrito pero
ilegible. Cuando me disponía a colocar todo en una caja, me percaté de otro
pedacito de papel que no había visto.
Lo desdoblé y pude ver que había
una especie de texto que aún se podía leer. El papelito contenía el siguiente
mensaje:
LA ORACIÓN DE UN PADRE:
Dame ¡Oh, Señor! Un hijo que
sea lo bastante fuerte para saber cuándo es débil y lo bastante valeroso para
enfrentarse consigo mismo cuando sienta miedo; un hijo que sea orgulloso e
inflexible en la derrota honrada, y humilde y magnánimo en la Victoria.
Dame un hijo que nunca doble
la espalda cuando deba erguir el pecho; un hijo que sepa conocerte a Ti…y
conocerse a sí mismo, que es la piedra fundamental de todo conocimiento.
Condúcelo, te lo ruego, no por
el camino cómodo y fácil, sino por el camino áspero, aguijoneado por las
dificultades y los retos. Allí, déjale aprender a sostenerse firme en la
tempestad y a sentir compasión por los que fallan.
Dame un hijo cuyo corazón sea
claro, cuyos ideales sean altos; un hijo que se domine a sí mismo antes de
pretender dominar a los demás; un hijo que aprenda a reír, pero que también
sepa llorar; un hijo que avance hacia el futuro, pero que nunca olvide el
pasado.
Y después que le hayas dado
todo esto, te suplico, agrégale suficiente sentido del buen humor, de modo que
pueda ser siempre serio, pero que no se tome a sí mismo demasiado en serio.
Dale humildad para que pueda recordar siempre la sencillez de la verdadera
sabiduría, la mansedumbre de la verdadera fuerza.
Entonces, yo su padre, me
atreveré a murmurar:
NO HE VIVIDO EN VANO
Gral. Douglas Mac Arthur
He intentado, con mis
limitaciones, honrar estas palabras a lo largo de toda la vida. A veces se
puede, a veces se falla.
A veces el éxito y los logros
llegan tan de improviso que ni siquiera nos percatamos, y no nos damos el
tiempo para disfrutarlo.
A veces la soberbia oscurece
nuestro pensamiento, y nos hace creer que todo lo bueno que tenemos es obra
exclusiva de nuestro esfuerzo, mandando a Dios a la última butaca de nuestras
vidas.
A veces el miedo es tan grande
que nos tumba como aquella ola que no medimos bien cuando estábamos frente al
mar.
A veces el fracaso es la única
salida honrosa en un mundo turbulento y lleno de contradicciones.
Pero hay algo que no se quiebra
nunca, que permanece firme sin importar la adversidad ni las peores
tempestades: el amor y la fortaleza de un padre.
La fuerza de un padre no se mide
y no tiene límites. Ante las embestidas de la vida, un padre se convierte en
roca dura y segura para su familia; esa es su responsabilidad.
Porque solo cuando se es padre se
aprende a celebrar con el estómago vacío el alimento seguro de los vástagos y
la mujer; a soportar con aplomo las humillaciones si así se garantiza la
integridad de la familia.
Porque solo cuando se es padre se
aprende a llorar para adentro el dolor de una tragedia manteniendo buena cara a
la armonía familiar.
La vida es un misterio, y la vida
humana lo es doblemente. Ser padre es un privilegio, uno muy sagrado. Es
también un reto y una inmensa responsabilidad por la cual se responde ante los
hijos, la esposa, la sociedad, y ante el mismísimo creador del universo.
Este 21 de junio del año en
curso, quiero unirme a la celebración por aquellos que asumieron la
responsabilidad más grande y poderosa que puede tener un hombre en la vida:
formar una familia y luchar por ella sin descanso.
Por aquellos que, bajo la
tempestad de las dificultades, carencias, retos, problemas, frustraciones y
miedos, asumen con valentía su rol de jefes de familia, y guían con paciencia y
amor el desarrollo de sus retoños.
Me uno a la celebración por los
que están; por los que me leen, y por aquellos que se adelantaron en el camino
y por cuya entrega y sacrificio bien podemos hoy decir, parafraseando al
general Douglas Mac Arthur:
¡No vivieron en
vano!

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