La gata bajo la lluvia.
Parte I (El contrato).
La gata Kaya firmó un contrato de
servicios especializados con los dueños de una casa abandonada. La misión:
exterminar una colonia de ratas inmundas que se había instalado en el inmueble
desde varios años atrás.
¡Nada más nos fuimos y
comenzaron a llegar! exclamó indignada la esposa.
Ya lo habían intentado todo.
Fumigaciones, raticidas, trampas
metálicas, veneno envuelto en queso gruyere, mantras de la India, y hasta
música de Bad Bunny.
Nada funcionó.
La colonia de ratas había echado
raíces y se había mimetizado con el ambiente húmedo, frío y oscuro. El progreso
llegó con el tiempo y fundaron colonias en el segundo piso, en el ático, en el
sótano, y en la pequeña cochera de enfrente que se estaba cayendo por la madera
podrida.
La estufa de la cocina la
destinaron desde un principio como alcoba nupcial para la primera rata y su
distinguida pareja sentimental.
Con el progreso también llegó la
bonanza alimentaria y las nuevas generaciones alcanzaron tamaños que eran la
envidia de conejos, tlacuaches y mapaches.
La idea de un gato había estado
rondando por las mentes de la pareja desde tiempo atrás. Al final se decidieron
cuando escucharon a un conferencista hablar sobre el antiguo Egipto y las
razones prácticas por las que estos adoraban a los gatos.
Egipto era, desde tiempos
inmemoriales, el granero del mundo. Gracias a su inmensa capacidad de cultivo,
eran capaces de producir más granos de los que necesitaban. Los excedentes se
almacenaban y se vendían a otros pueblos.
Cananeos, Nubios, Cretenses,
Micénicos, y pueblos de Mesopotamia, intercambiaban sus productos por el trigo,
el mijo, las lentejas y la cebada egipcia.
Para mantener los almacenes
libres de ratas y otros bichos, los egipcios empleaban a los gatos. Estos
cumplían su función a la perfección, garantizando la ausencia de plagas y la
integridad de los alimentos almacenados, gracias a una capacidad depredadora
inigualable, inscrita en su ADN.
A la gata Kaya la contactaron por
recomendación directa de un empleado del rastro municipal.
¡Para insectos, bichos y
ratones, Kaya y sus métodos matones!
Kaya firmó el contrato, pero puso
una condición no negociable: el interior de la casa debía permanecer
completamente aislado de cualquier gotera o entrada de agua. De ser necesario,
los dueños se comprometían a poner techo nuevo a la casa abandonada.
Sin este requisito, no habría
contrato ni servicio.
Los dueños aceptaron.
Parte II (La primera entrega).
Kaya se comprometió a entregar la
primera tanda al final del mes y cumplió.
Cuando los dueños recibieron el
comprobante de carga sellado por el basurero municipal, el documento mostraba
la siguiente lista:
27 lagartijas de cola corta.
32 grillos de campo.
75 chinches asiáticas.
10 abejorros carpintero.
55 avispas de cola roja.
41 arañas de jardín.
13 gusanos babosos.
Al final, un acuse de recibo para
firma y la factura electrónica con los sellos del SAT incluidos. El monto:
justo lo pactado en el contrato, ni un peso más, ni un peso menos.
Las alarmas se encendieron en la
casa de los dueños y pronto, esa misma noche, se pusieron en contacto con Kaya.
— La misión —recalcó el
dueño— es aniquilar a las ratas, a todas. No queremos que quede ninguna. Son
nocivas, provocan enfermedades y los vecinos de la casa norte amenazan con
invadir el terreno y apropiárselo. Enfócate en las ratas por favor.
La gata Kaya respondió que la
misión estaba clara, pero antes debía limpiar el terreno.
Se comprometió a entregar el
primer lote de ratas a finales del siguiente mes, sin falta.
—Lo que Kaya promete, lo
cumple —aseveró la gata en un tono seco y altanero.
Parte III (La segunda
entrega).
Para la segunda entrega, Kaya
concentró sus esfuerzos en la zona trasera del patio. No tuvo descanso. Lo que
descubrió la escandalizó a pesar de su amplia experiencia como exterminadora.
Ella misma presenció el momento
en el que un albañil de la casa norte, tomándose un descanso, defecaba a sus
anchas dentro de la propiedad que le había sido encomendada. Intentó
espantarlo, le gruñó, le arañó el trasero, le lanzó mordiscos; de nada le sirvió.
El señor se limpió con un par de olotes, se levantó y brincó la barda para
continuar sus labores.
El drenaje era un desastre;
estaba repleto de cucarachas, de las grandes y de las chicas, moscas gigantes
de piel verde, zancudos de patas blancas, y un fuerte olor a azufre mezclado
con estiércol.
Kaya pasó días enteros combatiéndolos
a todos, uno por uno.
Casi para terminar el mes, tuvo
que hacer un alto de tres días por un contratiempo que casi le cuesta la
vida.
Los dueños, a pesar de sus
promesas y del contrato firmado, no habían tapado las goteras del techo. Una
madrugada, mientras Kaya dormía plácidamente sobre un sofá viejo, una tormenta azotó
la ciudad y una ráfaga de agua cayó sobre su espalda.
Sintió que se le iba el alma.
Vio pasar su vida entera durante
unos segundos, como si algo o alguien intentara recordarle sus éxitos y
fracasos, sus sueños no cumplidos, sus anhelos y promesas de juventud. Todo lo vio
pasar frente a sus ojos.
El agua dejó secuelas físicas:
las patas se le encorvaron y las garras se convirtieron en uñas afiladas, muy
distintas de su forma original. La cola, su más grande orgullo, perdió el pelo
y la rigidez. Los ojos, verdes y con pupilas verticales en forma de cuña, se
volvieron pequeños y oscuros. Perdió parte de la vista mientras duró su
convalecencia.
Para la segunda entrega, Kaya
envió un cargamento con la documentación debidamente autorizada, y una carta de
extrañamiento a los dueños.
El cargamento incluía:
77 cucarachas grandes voladoras.
98 cucarachas pequeñas.
86 moscas gigantes de color
verdoso.
90 zancudos de patas blancas.
10 kilos de excremento humano.
66 kilos de estiércol de origen
animal.
Para la carta de extrañamiento,
la gata Kaya utilizó un lenguaje diplomático pero muy directo. Los dueños no
cumplieron con su obligación de sellar la casa y el agua casi la mata. Eso
activaba las cláusulas de cancelación y otorgaba a la parte afectada, Kaya, a
exigir una indemnización equivalente a cinco veces el costo total del servicio.
Al final de la carta mencionó,
como un comentario al vuelo, que en la casa no habitaba ni un solo roedor, y
que las ratas gigantes de las que le habían hablado eran solo un mito.
Kaya detuvo sus operaciones y
decidió esperar respuesta descansando, pasando los días entre el sofá y la
cocina.
Parte IV (El desenlace).
Los dueños estallaron en cólera.
¡Totalmente inaceptable!
Amenazaron con demandarla. De la
carta de extrañamiento, ni siquiera se tomaron la molestia de leerla.
Los vecinos de la casa del norte
elevaron el tono de la exigencia. Llevaron un notario público que tomó nota de
la existencia de las ratas gigantes que amenazaban con ingresar a su
propiedad.
Lanzaron un ultimátum:
¡O las eliminan ustedes o lo
hacemos nosotros!
La gata Kaya no respondió ninguna
de las llamadas ni los mensajes de WhatsApp. Siendo la diva que era,
acostumbrada a hacer siempre su voluntad, no estaba dispuesta a aceptar órdenes
de nadie.
¡No voy a caer en
provocaciones! repetía una y otra vez.
Su libertad era el bien más
valioso; y con ella, su soberanía.
Cooperación, no subordinación
era su lema de guerra.
La noche que Kaya recibió el
citatorio de las autoridades, cayó de nuevo una tormenta, pero esta vez derrumbó
la totalidad del techo del segundo piso y colapsó la mitad del primero.
De la gata no se volvió a saber nada.
Dos semanas más tarde, las
fuerzas policiales, amparadas por una orden judicial, se presentaron en el
recinto y comenzaron a recorrer el lugar.
Lo que vieron al encender sus
lámparas de mano quedó registrado en las actas notariales bajo el título de
“Material sumamente delicado”.
Una centena de ratas gigantes
alineadas, con actitud beligerante, envueltas en chalecos de color guinda, y
dispuestas a defender la soberanía de su hogar hasta la última consecuencia.
Al frente de todas ellas, la rata
líder.
Desafiante, con el semblante
frío, inmóvil, a la expectativa. Sin quitar la vista hacia las luces, hacía
movimientos de apaciguamiento con sus dos garras delanteras. Su indumentaria
era idéntica a la del resto.
De pronto, con voz estridente que
parecían lamentos, las ratas iniciaron un canto que se repetía una y otra vez.
¡Viva la soberanía y muerte a
la intervención extranjera!
¡Viva la patria y la libertad!
¡No a la intervención de los
vecinos de la casa del norte!
¡Soberanía o muerte!
El policía en jefe lanzó una
petición a todo pulmón:
¡Queremos hablar con la gata
Kaya!
Las ratas detuvieron su canto y
observaron temblorosas a la rata líder, la que estaba al frente de todos. Esta
dio un paso al frente y sin renunciar al porte altivo y beligerante, exclamó:
¡A sus órdenes!

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