Hipnosis regresiva y vidas pasadas | Una historia personal.

 


La psicoanalista me preguntó qué fobia o problema quería resolver y yo le respondí que al nacer rechacé el alimento materno. Durante meses me rehusé a ser alimentado; mi madre y mi abuela emprendían una lucha diaria conmigo para vaciar diez o veinte mililitros de leche dentro de mi boca. Nunca supieron la razón de mi proceder.

Con el paso de los años y durante toda mi infancia, la situación no mejoró mucho. En mis memorias más lejanas están las imágenes de mi madre angustiada por mi tendencia a comer poco.

La terapeuta tomaba nota en su bitácora y aproveché para comentarle que desde mi juventud desarrollé una fobia muy especial: detesto que me regalen comida. Jamás consumo alimentos preparados por vecinos o amistades, sea quien sea. En particular si ocurre de modo espontáneo, como cuando la vecina se aparece en el portón de la casa con un tupper.

Por amabilidad, nunca rechazo nada; pero siempre deposito todo en el bote de basura.

-Tranquilo señor -respondió- esas fobias no son tan raras como usted piensa. En la siguiente hora vamos a realizar un viaje usted y yo. No sabemos a dónde iremos, ni qué tan lejos. Pero usted deberá seguir mi voz en todo momento. Y recuerde, sin importar lo que vea o escuche, no tenga miedo; yo estaré aquí mismo junto a usted.

¿Miedo yo? ¿Contigo a mi lado? ¡Por favor! Este viaje y cuantos más.

Lo primero que hice fue un ejercicio de relajación a base de respiración diafragmática. Mis ojos comenzaron a cerrarse paulatinamente hasta que logre desconectarme de todo a mi alrededor. Solo seguía la voz de la psicóloga. 

Me daba cuenta de que no estaba dormido, pero tampoco despierto.

Comencé a descender dentro de un pozo por medio de una escalera que parecía no tener fin. Con cada escalón el ambiente se sentía más ligero y una claridad extraña comenzaba a filtrarse desde el fondo. 

En el fondo del pozo había una puerta de cristal resplandeciente que se abrió sola y una fuerza etérea me empujó suavemente para que ingresara. Era el inicio de un pasillo largo hecho de un material parecido al algodón. Muy blanco. No alcanzaba a ver el final, pero descubrí que en ambos lados había ventanas con etiquetas que indicaban un período de tiempo en el pasado.  

Parecía estar ordenado en modo cronológico inverso, porque conforme avanzaba, las fechas se hacían más lejanas: el inicio del siglo 20, la segunda mitad del siglo 18… algunas no tenían fechas.

Continué avanzando hasta que escuché la voz de la psicóloga:

—Avíseme cuando vea una puerta.

A tres ventanas de distancia divisé una puerta y se lo hice saber.

—Perfecto. Escúcheme bien: las ventanas son vidas pasadas suyas, pero sin acceso por el momento. Solo podrá entrar a una que tenga puerta. Cuando la vea, entre sin miedo.

La puerta no tenía ninguna referencia de tiempo ni fechas.

Y entré.

Lo que pasó a continuación lo puedo describir como estar en una sala de cine a oscuras y de pronto se enciende la pantalla y aparece una escena cotidiana.

Me ví en una ciudad con mucha gente, carruajes jalados por corceles, muchachos empujando carretas, y con edificios señoriales bellamente adornados. 

La psicóloga debió notar mi agitación porque de inmediato me dio instrucciones:

—Permanezca tranquilo, nadie puede hacerle daño. Lo que vea y escuche a continuación ya ocurrió hace mucho tiempo; intentaremos averiguar cuándo y dónde. Quiero que dirija su mirada hacia el suelo y me diga qué tipo de calzado y ropajes lleva.

Miré hacia abajo y descubrí que estaba yo montado sobre un hermoso caballo negro con las crines bellamente adornadas de una especie de cadenas de plata y otros ajuares que no pude describir.

Calzaba botas de piel de color café perfectamente lustradas. Mi ropa era como la de las personas importantes que aparecen en los cuadros de la época medieval. Mi pantalón era de una tela parecida al terciopelo, de color gris. Se veía de buena mano. 

Observé mis brazos y mis manos y ví un chaleco de lana y piel de color azul con estampados en plata y oro. En mis manos había dos anillos, ambos de oro, con incrustaciones de zafiros y diamantes.

—¿Puede decirme si es usted hombre o mujer? —preguntó la psicóloga.

La pregunta me pareció absurda, pero respondí:

—Hombre, soy hombre.

—Quiero que ahora —continuó la psicóloga— se relaje y se quede ahí donde está. No se baje del caballo ni intente hacer nada. Una energía que usted no puede ver lo impulsará a dónde debe ir, solo déjese llevar. Si le saludan, salude; si le hacen preguntas, usted responda sin temor a equivocarse, utilice su instinto. En estos momentos usted está contemplándose a sí mismo en una etapa anterior de su existencia. Y recuerde, nada ni nadie puede dañarlo. Lo que vea y escuche, ya fue.

El caballo comenzó a andar como si estuviera esperando que la psicóloga se callara. Conforme avanzaba me pude percatar que aquel lugar era la ciudad donde había nacido y crecido. Era mi ciudad sin la menor duda. Lo sentí en la piel y en mis entrañas. En tres ocasiones me detuve a saludar a gente conocida. Todos a caballo y de aspecto refinado. Con uno de ellos dialogué durante un tiempo que a mí me pareció eterno.

Cuando el caballo dobló vuelta en la esquina de la catedral sentí que todo se aclaraba. Tomé conciencia plena de quien era y en donde estaba. La voz de la psicóloga comenzó a sonar muy lejana e innecesaria. 

Me percaté de que debajo de mi brazo izquierdo cargaba con una maleta de cuero y dentro de ella unos documentos.

El primero decía, palabras más, palabras menos:

Al distinguido e ilustrísimo Señor Don Juan Manuel de Borgoña, Duque de Peñafiel y Marqués de Villena, Señor de Escalona y Elche. 

Madrid. El año 1340 de Nuestro Señor Jesucristo.

Comencé a leer el documento apresuradamente y se trataba de unos contratos de compraventa de vinos, telas, objetos de porcelana, piedras preciosas, y vajillas de oro y plata importadas de Bizancio.

Al final, mi nombre y firma de puño y letra.

Un rico comerciante madrileño del siglo XIV que proveía de artículos de lujo a miembros de la realeza castellana. Ese era yo.

Habíamos dejado la catedral dos cuadras atrás cuando sentí la primera punzada. Fue a la altura del esófago. Casi de inmediato llegó la segunda, y la tercera me hizo doblar el cuerpo. Sentí que un soplete de gas encendido se abría paso por mi garganta hasta llegar al estómago. 

Caí del caballo y comencé a convulsionarme. Pude ver gente arremolinándose a mi alrededor mientras la tráquea se bloqueaba. De mi boca comenzó a salir espuma y escuché gritos de mujeres que corrían de un lado a otro sin saber qué hacer. Un conocido se acercó a mí, colocó su mano sobre mi pecho y me miró fijamente. 

Sus ojos me gritaron que no había nada que hacer y comenzaron a llorar.

La voz de la psicóloga se volvió a escuchar fuerte. Había iniciado el conteo de regreso, pero yo no me quería ir.

Sentí de nuevo la misma energía etérea que me jalaba con fuerza hasta el inicio del túnel; y en el último segundo, antes de romper el trance, pude distinguir el rostro gélido de mi esposa Catalina que me observaba entre la multitud, impávida, rígida, sin inmutarse y sin mostrar intenciones de ayudarme. Solo observaba.

Y entonces recordé que una hora antes había compartido el pan y la sal con ella en casa de sus padres.

La psicóloga me acercó un vaso con agua, colocó una compresa fría sobre mi frente y me dejó descansar unos minutos en el sofá mientras preparaba su siguiente sesión. 

Antes de dejar el consultorio le conté que en la primavera del 2011 hice un viaje de trabajo a España y me pasaron dos cosas que jamás le conté a nadie: la primera es que, aunque yo vivía en la ciudad de Zaragoza, al norte de España, mi corazón se relajaba cada vez que visitaba Madrid, con la extraña sensación de haber vivido ahí antes. 

La segunda ocurrió un sábado en Zaragoza, mientras bebía un café recién hervido en la banqueta de una cafetería. Una gitana de edad madura y elegantemente vestida, ofrecía sus servicios de lectura de mano por un par de euros. Cuando llegó a mi mesa pude notar su turbación al verme. Le ofrecí los dos euros, pero ella los rechazó, cerró mi mano y la besó con reverencia; y antes de marcharse me dijo: todo pasó en Madrid.

La psicóloga me sugirió hacer más sesiones porque esa reverencia y ese mensaje encierran más cosas.

Lo que ya no le conté a la psicóloga fue que, en ese viaje al pasado, pude reconocer a muchas personas de mi vida actual. Se dice que las almas viajan y reaparecen a lo largo de los siglos, pero nunca lo hacen solas, viajan en grupos grandes y jugando roles distintos.

Las personas que reconocí durante la hipnosis son parte de mi vida actual. Son amigos y son familia.

Por respeto a su privacidad y a sus creencias, me reservaré los nombres.


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