Historias de Cafetería.
Parte I (La advertencia).
Cuando Joaquín y Clara entraron
al motel por primera vez, él le hizo una advertencia: Lo que pase al
interior de estas cuatro paredes se queda entre nosotros.
Clara asintió con una risa nerviosa y Joaquín insistió:
Hablo en serio, lo que vamos a
hacer tú y yo no se lo puedes contar a nadie, y menos a tus amigas.
Clara levantó la mano con fingida
solemnidad y prometió, conteniendo la risa, que de su boca no saldría ni una
sola palabra.
Una hora más tarde, Clara se
tapaba la boca intentando silenciar un grito agónico que le nacía en la parte
baja del vientre. Mil mariposas revolotearon sus alas en lo más profundo de su
intimidad; la espalda se le arqueó, las piernas se tensaron, y los dedos de los
pies se agitaron como rehiletes sin control.
Del coxis emergió una corriente
eléctrica que subió lentamente por su médula; se ramificó por brazos y piernas,
abdomen, hombros, manos y nuca; y finalmente llegó a la base del cráneo.
Abrió su boca y quiso lanzar un
grito, pero no pudo. El sonido viajó hacia adentro y la vista se le nubló por
completo. Intentó jalar aire, pero la tráquea se le cerró por completo, y por
primera vez en su vida comenzó a experimentar una realidad desconocida.
Sin entender cómo, se vio de
pronto flotando en la oscura habitación. Observó a Joaquín, perdido en sus
entrañas, y miró su propio rostro como no lo había visto antes. Sintió un poder
inmenso, colosal, desproporcionado y alejado de toda lógica. Se sintió Venus y
Afrodita, Isis y Atenea; se sintió Diosa, la más grande y poderosa.
Y cuando se vio a sí misma
retorcerse sin control, una voz angelical le gritó que era momento de regresar.
Y entonces regresó.
Y pudo respirar de nuevo, y
sentir su corazón golpeando con fuerza en su pecho.
Liberó el grito que la
atormentaba entre jadeos y voces ininteligibles; y se sintió plena y feliz,
exuberante y desbordada, con mil grillos cantándole al oído y una caravana de
estrellas danzando frente a sus ojos.
Recuperada del último espasmo,
susurró con voz entrecortada: puedo hacer esto todo el día y toda la noche,
sin parar.
Y se quedó dormida con las
piernas recogidas sobre su vientre, de lado, con la almohada entre sus piernas,
y con Joaquín abrazándola con firmeza. Habían realizado el ritual más puro y
sagrado: habían liberado a la diosa dormida, la que descansa en lo más
recóndito de toda mujer.
Media hora más tarde, Clara
despertó y sonrió con los ojos entrecerrados; abrazó con fuerza a Joaquín y con
voz melosa le dijo que lo amaba y que sería suya para siempre. Lo miró
fijamente a los ojos y le dijo que no amaría a ningún otro hombre mientras tuviera
vida… y supo entonces que no podría cumplir lo que había prometido antes de
entrar en aquel lugar.
¿Qué sentido tiene ocultar los
momentos bellos que nos regala la vida?
Y se hizo una nueva promesa, solo
para ella. Cumpliría con lo acordado, con la condición de que nadie le
preguntara. Mantendría su felicidad en secreto mientras nadie se atreviera a
preguntarle. No compartiría con nadie el cúmulo de nuevas rutas y caminos
recién descubiertos, ni revelaría el misterio que mantenía en las penumbras a
la mayoría de sus amigas.
En el fondo ella sabía que la
nueva promesa llevaba una trampa. Porque la tarde que se fue con Joaquín, media
docena de amigas la vieron, y entre ellas su jefa, su querida jefa Elizabeth.
Parte II (Las paparazzi).
Clara se presentó a trabajar el
lunes siguiente en la cafetería, puntual como de costumbre. Elizabeth la mandó
llamar a su oficina y al entrar descubrió que no estaba sola. La acompañaban
Jovita, la cocinera, y Panchita, la encargada de intendencia. Ambas mujeres de
la tercera edad.
—No quiero parecer metiche, pero
estas dos andan impacientes —explicó Elizabeth.
—¿De qué se trata? —preguntó
Clara.
—Ahorrémonos tiempo, ¿cómo te fue
el viernes?
Ambas se miraron fijamente y
comenzaron a reír.
—No me puedo quejar de nada. Todo
estuvo muy bien, más que bien, perfecto.
—Mira, yo no te voy a preguntar
peladeces ni mucho menos. No necesito que me digas nada si no quieres. Si te la
pasaste bien, felicidades. Nada más dime una cosa: ¿a dónde te llevó a cenar?
—¡Qué cenar ni que ocho cuartos!
—intervino Panchita— No mijita, nosotras queremos detalles. ¿Qué te hizo? ¿Cómo
te puso? ¿Vive lejos el chamaco?
Jovita levantó sus dos manos y
con los dedos índices hizo la señal de longitud, esperando respuesta.
Clara intentó contener la risa
con su mano, pero no lo consiguió. Las preguntas y la seña, inesperadas ambas,
le causaron una risa intensa que la dobló sobre la silla. Elizabeth permaneció
inerte, con el rostro serio y ruborizado, manteniendo el control sin dejar de
observarla.
—Tú me conoces Clarita, y sabes
cómo pienso —continuó Panchita —De que se lo coman los gusanos, mejor los
humanos. Ya era hora mamacita, ya te hacía falta. El otro celembo bueno para
nada nomás te hacía llorar.
—Y por la cara que trae se ve que
le dieron su buena friega ¿Cómo la tiene?
Jovita volvió a separar los
índices, exigiendo con los ojos una respuesta precisa.
—Pues chiquita no es —acotó
Panchita de nuevo— nomás mírale la cara.
—¿Qué tiene mi cara? —preguntó
Clara con una sonrisa que dejaba ver su dentadura bien cuidada.
—¡Hija de la panza aguada! ¡Se la
chupaste también verdad!
Clara estalló en risa de nuevo,
se levantó de la silla y comenzó a caminar por la oficina mientras se daba aire
con las manos.
Panchita y Jovita esperaban
impacientes los anhelados detalles. Elizabeth, por su parte, la seguía con la
vista, intentando aparentar una indiferencia que estaba lejos de sentir. Porque
la última vez que su esposo la había requerido en el plano íntimo, ella estaba
cumpliendo años. Y entonces recordó con tristeza que en dos semanas completaría
de nuevo otra vuelta al sol.
La puerta de la oficina se abrió
y apareció una de las meseras.
—Jefa, disculpe, entró una mesa
grande y ya están pidiendo el menú. Ocupo a doña Jovita en la cocina.
Las tres empleadas se dirigieron
a la puerta sin esperar indicaciones. Antes de salir, Elizabeth lanzó un último
intento:
—Entonces, de plano, ¿no me vas a
contar nada?
Clara volteó hacia su jefa y le
sonrió con picardía y complacencia. Estaba agradecida con ella por el trabajo.
Se conocían desde la preparatoria. Se dejaron de ver seis años y cuando se
encontraron de nuevo, Clara estaba sin un peso en la bolsa, desempleada,
humillada y abandonada por un miserable bueno para nada.
—Al rato te busco y te cuento.
Parte III (El encuentro).
Joaquín Jiménez era lo que en el
ambiente de fábricas maquiladoras se conoce como “workaholic”. Un obsesionado
del trabajo. Para él no había descanso; trabajaba de lunes a domingo desde que
salía el sol hasta que se ocultaba.
Sus encuentros con Clara eran un
bálsamo fisiológico momentáneo y nada más. No le interesaba entablar algo serio
con ella, ni con nadie. Se conducía por la vida apegándose a ciertos códigos
aprendidos en su juventud.
Siempre camina por el centro y
no te desvíes ni a la izquierda ni a la derecha: para atrás nunca, ni para
tomar impulso.
Si te vas a la frontera a
probar suerte, ve con la intención de quedarte allá y no regreses nunca, solo
de vacaciones.
No te involucres en pleitos ni
discusiones de ningún tipo; observa, escucha y guarda silencio.
No dejes que la gente sepa lo
que piensas ni lo que sientes.
Rómpete la madre trabajando y
no pierdas el tiempo en nada más.
Y hagas lo que hagas, nunca te
metas con una mujer casada, a menos que quieras morir de un tiro en la nuca.
Cuando Elizabeth abrió la puerta
de las oficinas centrales, Joaquín intuyó el peligro casi de inmediato; lo vio
en sus ojos que se posaban en él mientras avanzaba por el pasillo. Hay sonrisas
que matan y él sentía que las dos pupilas apuntaban directo a su cabeza.
Para llegar a la cafetería de la
fábrica, Elizabeth tenía dos opciones: entrar por el estacionamiento o hacerlo
por las oficinas centrales. Al ser día sábado ella creyó que no encontraría a
nadie en las oficinas, pero Joaquín era un “workaholic” y toda la fábrica lo
sabía.
Joaquín permaneció de pie,
mirando los anuncios pegados en la pared del pasillo central. Al no haber nadie
más, la mayor parte de las luces estaban apagadas.
Elizabeth caminó lentamente
detrás de él y, sin avisar, arañó con suavidad la espalda de Joaquín. Casi de
inmediato desplazó su mano hacia la cabeza y le acarició el cuero cabelludo; y
antes de continuar con su camino, acercó su rostro y le lamió la nuca como si
fuera un helado de vainilla.
Todo en el más absoluto silencio.
Joaquín se quedó estático, tieso,
sin saber qué hacer ni qué decir. Un torrente de sangre se aglutinó en su
cabeza y pudo escuchar los golpes de su corazón en el pecho. De reojo vio a
Elizabeth seguir su camino, deslizándose por el pasillo, caminando lentamente
como reina con sus sandalias abiertas y un pantalón de lycra ajustado que
realzaba su figura.
El pantalón de Joaquín se
convirtió en una gran tienda de campaña y supo que su momento había llegado,
que no podía dejarla ir, así como así.
Giró su cuerpo, dio un par de
pasos hacia ella, y luego se detuvo en seco.
Nunca te desvíes ni a la
izquierda ni a la derecha.
No te involucres en pleitos ni
en nada que no sea de provecho.
Elizabeth estaba a punto de abrir
la segunda puerta, la que la llevaría hasta la cafetería.
Joaquín caminó de nuevo, más de
prisa y tratando de no hacer ruido. Su oficina estaba en el segundo piso y ahí
nadie los podía ver ni interrumpir. No habría tiempo para el preámbulo. Un par
de caricias y besos a lo mucho, y después el pantalón y el panty. Los guardias
suelen hacer recorridos por lo que todo se haría en silencio.
Rómpete la madre trabajando y
no pierdas el tiempo en nada más.
Una belleza así nunca sería
pérdida de tiempo. Beber de un manantial limpio es un homenaje para el que se
rompe la madre trabajando todos los días de la semana, sin parar y sin
quejarse.
Si los guardias se acercan
demasiado, se conformaría con un roce furtivo; con un viaje rápido al monte
sagrado en preparación para un encuentro total.
Porque el llamado de la reina
amazona no es para cualquiera. Y los elegidos deben estar siempre a la altura
de las circunstancias.
Y hagas lo que hagas, nunca te
metas con una mujer casada, a menos que quieras morir de un tiro en la nuca.
Joaquín se detuvo de nuevo justo
cuando Elizabeth puso la mano sobre la puerta. Ella volteó a verlo de nuevo,
con la boca entreabierta, y le regaló una última sonrisa antes de salir.
Joaquín ya no estaba ahí.
En su mente se agolpaba una
imagen de su propio cuerpo tirado en un basurero, destripado por los perros, y
con un tiro de gracia entre ambas cejas. Y aunque una mujer como aquella bien
valía el riesgo, a Joaquín le horrorizó la idea del desamparo para aquellos
seres queridos que dependían totalmente de él.
Elizabeth abrió finalmente la
puerta…y se marchó.
Joaquín recuperó el aliento, se
aseguró de que nadie los hubiera visto, y se encaminó a su oficina intentando
disimular su excitación. De su boca salió solo una exclamación:
¡Pinche Clara!
Parte IV (El desahogo).
La noche de aquel sábado Joaquín
no llegó a su casa. Prefirió estacionarse frente a un club nocturno llamado “El
Eclipse”; era su refugio de fin de semana hasta antes de conocer a Clara.
Entró con la esperanza de
encontrar a una argentina que le había robado el corazón unos meses antes. Con
ella Joaquín conoció el fuego y la elegancia, unidas, inseparables y
complementarias.
Se sentía aturdido por lo
acontecido aquella mañana. La insistente imagen de Elizabeth sonriéndole, con
los labios separados y la punta de la lengua asomándose, le producían la misma
sensación eléctrica que sintió cuando rasgó su espalda con las uñas.
Pidió un cubetazo de
coronas bien frías y se tomó tres de golpe. Y como esa noche andaba de suerte,
por el megáfono se escuchó el anuncio de Priscilla, la bella argentina.
Joaquín había descubierto que las
tres cervezas de golpe eran la medida exacta para disipar las penas, las dudas,
las preocupaciones y cualquier tipo de dolor. Era como un potente analgésico
que duraba lo mismo que una canción.
Cuando Priscilla descendió a la
pista por el tubo metálico, Joaquín inició un trance hipnótico repleto de
diamantes, zafiros y esmeraldas. En cada movimiento felino estallaba una fuente
de perlas, y por cada prenda eliminada, un millón de cataratas de topacios y
turquesas.
Las voces y las risas, el chocar
de las copas, y el descorche de botellas, desaparecieron; y los olores a sudor
y tabaco del ambiente cargado se disiparon por completo. Joaquín subió al
nirvana y permaneció ahí cuatro minutos. Al terminar, Priscilla se dirigió a
él, totalmente desnuda, y le susurró al oído: sabía que volverías por mí
cariño, paga una hora para estar solitos tú y yo.
Una hora más tarde Joaquín salió
de aquel lugar con las palabras de Priscilla retumbando en su cabeza:
—Tranquilo mi amor, esta y todas
las demás noches yo me puedo llamar Elizabeth las veces que vos querás.
Parte V (El desenlace).
Las semanas siguientes fueron
difíciles para Joaquín. Sentía que el tiempo se le terminaba y que la
oportunidad se disipaba paulatinamente. Imaginaba a la amazona con los brazos
abiertos, con la fuerza de su exuberancia emanando de su cuerpo, anhelante, expectante
y ansiosa por tanta indecisión.
Recordó una ocasión, en una
borrachera de juventud, una frase soltada al calor de las copas por uno de sus
mentores de cantina:
A veces los mayores éxitos son
nuestras más grandes desgracias.
Cumplir con el mandato del código
y permanecer en el lado seguro de la historia le provocaba desapego e
inconformidad. El llamado de la amazona repiqueteaba en su cabeza y en su
cuerpo entero. Sus noches pasionales con Clara se volvieron un juego raro y rutinario.
Conoció por primera vez la
extraña sensación de estar con dos personas al mismo tiempo, una en presencia
física, y la otra en un viaje astral más allá de los sentidos.
Una tarde de domingo, de esas
raras tardes en que decidió no trabajar, vio el anuncio de un estreno en la
cartelera del cine:
Star Wars:
Episodio II - El ataque de los clones.
La saga que lo había cautivado
desde su primera entrega cuando era apenas un niño. El nuevo episodio daba
inicio una tormentosa relación de amor entre Anakin Skywalker y Padmé Amidala.
Mientras se abría paso entre el
gentío para alcanzar un boleto, tuvo una visión que lo paralizó.
A diez metros de distancia, en
otra fila, descubrió la presencia de Elizabeth. La vio de perfil y se quedó
mudo sin poder moverse. Vestía un traje sastre de color azul marino, el pelo
recogido y unos zapatos de tacón alto que elevaban su estatura por encima del
resto.
Por instinto desvió la mirada y
su corazón comenzó a palpitar con fuerza.
Imaginó al esposo parado junto a
ella o comprando en la dulcería. Respiró tranquilo sabiendo que la locura que
experimentaba vivía atrapada en su propia mente; que los vuelcos de su corazón
se vaciaban en otros cuerpos; y se agradeció mentalmente por no haber sucumbido
al impulso, manteniéndose firme en sus principios.
Y entonces sintió una curiosidad
malsana por conocer al hombre que poseía los derechos y obligaciones otorgados
por un juez. Quiso conocer, por una vez, a su rival.
Disimuladamente la volvió a mirar
y no pudo evitar embelesarse de nuevo ante ese perfil perfecto, de nariz recta
y alargada, de frente amplia, de labios carnosos y mandíbulas suaves.
Se percató que alguien la tenía
tomada de la mano, como dos enamorados que van por primera vez al cine.
Joaquín se resistía a desviar la
mirada. Se resistía a conocer al hombre más afortunado del planeta. Seguramente
era joven y guapo, de mucho dinero, elegante y con porte aristocrático.
Probablemente se conocieron en la universidad, o quizá en un viaje de placer
por Europa. Se negaba a ver de golpe la realidad. Una realidad que
paradójicamente podría poner fin a sus tentaciones y sufrimientos.
Desvió una vez más la mirada para
avanzar en la fila. Quedaban solo dos personas antes de él. Después tendría que
hacer otra para las palomitas y el hotdog.
Respiró hondo hasta llenar los
pulmones; mantuvo el aire hasta que comenzó a sofocarse y cuando por fin
exhaló, volteó a ver de nuevo a Elizabeth…y a su esposo.
Lo que Joaquín vio fue un rostro
que le parecía familiar y no era el de un varón. Parpadeó con rapidez y se
acomodó los lentes para enfocar mejor.
Y entonces pudo distinguir a la
persona que aún tomaba de la mano a su amada Elizabeth.
Era la mismísima Lucina Clavería.
Lucina, la gerente del
departamento de Recursos Humanos de la empresa donde trabajaba.
La misma con la que discutía
continuamente en las reuniones gerenciales por motivos absurdos. La misma que
un año antes lo había invitado a un viaje de placer a la ciudad de Monterrey, y
que había hecho una rabieta después de declinarle la invitación.
Rondaba los cincuenta años; su
rostro, de facciones gruesas y severas, siempre le había parecido poco
agraciado. Esa noche lo observaba fijamente, con coraje y con pose retadora.
Sostenía con fuerza la mano de Elizabeth y lo miraba con actitud desafiante y
triunfal.
Pudo ver que le comentaba algo a
la amazona y esta volteó un instante hacia Joaquín. De inmediato retiró la
mano, pero Lucina se la volvió a tomar, con firmeza.
Una voz femenina rompió el
contacto visual entre ambos:
—Buenas tardes señor, ¿para qué
función y cuantos boletos serían?
Joaquín no respondió.
Se limitó a hacer una seña
indicando que no compraría nada. Salió de la fila y caminó por el pasillo
central del centro comercial hacia un restaurante que visitaba con frecuencia:
El Sanborns.
Mientras saboreaba un café pudo
sentir, por primera vez, una paz mental e intuyó que todo aquello comenzaría a
difuminarse lentamente. Sin entender por qué, sintió sus hombros más ligeros y
su mente más lúcida. Sabía que había perdido, que se la habían ganado, pero no
sentía coraje ni envidia.
Tal vez un poco de preocupación,
porque ahora compartía un secreto muy delicado. Un secreto que podía colocarlo
en el centro de una disputa mayúscula. Pero para esas situaciones, él tenía
otro código:
—Tranquilas señoras, ¡Yo no sé
cantar!

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