Yo, Hernán | Primera Parte – De Medellín al Caribe.

 


Por ahí andan diciendo que fui un monstruo de mil cabezas, destructor, asesino y sediento de oro y plata. Para ser sinceros, ya ni coraje me da. La historia la escriben siempre otros, los de ropaje limpio y cuerpos bien alimentados, los que no vistieron una coraza de hierro bajo el sol del trópico; los que nunca estuvieron ahí.

En tiempos recientes han utilizado mi nombre para enarbolar discursos de odio, leyendas negras, verdades a medias, y narrativas ideológicas que solo buscan confundir y dividir. Los discursos jamás enseñan la verdad de los hechos. 

Yo no vine a estas tierras a destruir imperios ni a consumar matanzas. Vine a buscarme la vida, a explorar nuevos territorios, a extender los dominios de la corona de Castilla, y a progresar tanto como todo hombre de bien tiene derecho.

Han pasado quinientos años de aquellos acontecimientos y me siguen culpando de los males que aquejan a esta bella nación. Una nación que yo mismo forjé anteponiendo mi vida en cada acto que llevé a cabo.

Es por eso, mis queridos y muy amados hermanos, que he tomado la decisión de hablar por mí mismo. No busco polemizar, solo contar mi verdad.

La verdad de mi vida comenzó en el año 1485 de la era de nuestro señor Jesucristo. Vi la luz por primera vez en la ciudad de Medellín, Extremadura, al oeste de Castilla-La Mancha. Mis padres, Martín Cortés de Monroy y Catalina Pizarro Altamirano, pertenecían a la nobleza local. 

Viví sin sobresaltos en aquella villa y a los catorce años fui enviado a estudiar a la Universidad de Salamanca, una de las más prestigiosas de Europa. Ahí pasé dos años; aprendí gramática, retórica, lógica, aritmética, música, latín y rudimentos del derecho castellano. Los tres años siguientes me la pasé vagando por el sur de la península. 

Viví un tiempo en Valladolid y en Valencia. Me gané la vida trabajando como escribano en una notaría: escribía contratos, testamentos y cartas legales. Después me trasladé a Sevilla con la intención de embarcarme hacia las nuevas tierras descubiertas por Colón, pero un esposo celoso me mandó al nosocomio durante un tiempo. La libré de puro milagro. 

Finalmente, a los diecinueve años recién cumplidos, logré embarcarme hacia las nuevas tierras, las del mar caribe. Nadie es profeta en su patria y en la mía no había futuro para mí. Firmé una carta de obligación de pago al capitán del barco, y aseguré un lugar en el navío que zarpó en el año de gracia de 1504. Desde Medellín recibí un poco de dinero, ropa para el viaje, y la bendición de mis padres. Aún recuerdo los ojos de mi madre al verme partir hacia la incertidumbre del océano.

Desembarqué en la isla de La Española (República Dominicana) un par de meses después y permanecí ahí durante siete años. Al principio me resultó difícil adaptarme al trópico. Recibí un repartimiento de tierras, un grupo de indígenas en encomienda, y trabajé de sol a sol durante toda mi estancia. Fui agricultor, ganadero, y escribano del ayuntamiento de Azua.

Nunca cruzó por mi mente la idea de regresar a mi tierra, nunca. Pronto me percaté de una realidad evidente: si quería permanecer ahí, tendría que aprender a convivir y a coexistir con los indios nativos, los taínos; y lo hice. Aprendí su lengua y sus costumbres; aprendí sus cultivos y compartí con ellos los míos. Y para que no lo escuchen de nadie más, también aprendí a amar a sus mujeres. Por primera vez encontré mi lugar en el mundo.

Y que no se me mal entienda. No busco presentarme como un salvador; yo fui un hombre pragmático, de acción y con grandes planes, que aprendió a vivir en aquellas tierras y llegó a entender a cabalidad la mentalidad de aquellas gentes. Aprendí a sellar pactos de paz y entendí que la mejor estrategia era la convivencia pacífica y entrelazada, evitando en lo posible las confrontaciones sangrientas. Porque a mí siempre me impulsó el progreso y nunca la violencia. Esta debía ser, a mi mejor entender, el peor y el último de los recursos.

Lamentablemente para mí y para muchos de los que habitábamos aquellas tierras, nuevos aires llegaron de Castilla y con ellos nuevos jefes. La llegada de Diego Colón, hijo del descubridor, marcó el inicio de una etapa crítica en la isla. Todo lo que habíamos logrado se vino abajo con los nuevos lineamientos.

Pongo a la Virgen de Guadalupe, la de mi natal Extremadura, como testigo: me esforcé por convencer a los nuevos sobre la imprudencia de elegir el camino de la confrontación directa con los pueblos indígenas. Años de revueltas pacificadas, de acuerdos y concesiones, de trabajo arduo codo a codo; todo se colapsó con las implacables políticas de los recién llegados. Ya no había mucho que hacer en aquel lugar.

La oportunidad se presentó en 1511, siete años después de haber llegado. Con los nuevos jefes también llegaron nuevas instrucciones de la Corona para continuar la exploración de otras islas. Porque para esa fecha lo único que conocíamos eran las tierras del caribe. La comisión se le asignó a Don Diego Velázquez. La nueva isla: La Fernandina, la misma que después llamaríamos Cuba.

En 1511 del año del Señor, con veintiséis años cumplidos, dejé atrás a mis indios, a mis amigos y a mis propiedades, en busca de nuevas tierras para la Corona de Castilla. La isla de Cuba sería mi nueva patria y esta me pondría, con el pasar de los años, en ruta directa hacia mi destino manifiesto.

Hernán Cortés y Pizarro, Marqués del Valle de Oaxaca.

Referencias:

Díaz del Castillo, Bernal. La historia verdadera de la conquista. Ed. Mexicanos Unidos.

Duverger, Christian. Vida de Hernán Cortés: la espada. Ed. Taurus.

Miralles, Juan. Hernán Cortés: inventor de México. Ed. Tusquets.

 


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