De camino a la escuela | In Memoriam.
Poza Rica, Veracruz. Verano de 1974.
El verano de 1974 fue genial según como lo recuerdo. Nos cambiamos de casa, una igual de pequeña, pero con un patio grande que se compartía con otros inquilinos. Aquel patio tenía columpios, una resbaladilla, árboles que daban sombra, y un campito con zacate donde se podía correr y jugar fútbol.
A mis cinco años era lo más cercano al paraíso.
Mis dos vecinos de la casita de al lado compartían mi pasión por el juego, y juntos dedicábamos la mayor parte de nuestro tiempo a emular las hazañas de los grandes jugadores que habían participado en el mundial de Alemania 74.
Un tal Johan Cruyff era el más celebrado entre los comentaristas. Aunque perdió la final, todo mundo decía que era el mejor jugador del momento. Todos queríamos ser él cuando repartíamos nombres antes de jugar.
La gran decepción fue Pelé, que ya no se presentó a la contienda y nos perdimos el gran honor de verlo en tiempo real. Ya está grande, decían los comentaristas. Mi padre solo movía la cabeza y rumiaba palabras incomprensibles.
Una tarde de lunes, sin embargo, la confusión llegó a mi vida sin aviso.
Después de comer mi plato de arroz con un pedacito de queso, condición inapelable de mi madre para poder salir a jugar, me puse mi short y mis zapatos, y sin nada más encima salí al patio para esperar a mis vecinos.
Salieron justo cuando el sol atacaba desde el cenit, pero lo hicieron vestidos con un uniforme que recuerdo a la perfección: camisa blanca y pantalón verde oscuro, los zapatos negros, bien boleados, y el pelo tieso como las plumas de un tordo, por tanta brillantina.
Me acerqué corriendo y les pregunté a dónde iban.
—Pos a la escuela, ¿a dónde más?
Me quedé quieto y en silencio, sin entender.
Después de unos instantes pregunté qué era la escuela y qué hacían ahí.
Ya no tuvieron tiempo de responder. Su madre salió de la casa con una bolsa en la mano y comenzó a regañarlos porque según ella, ya iban tarde.
Regresé corriendo a mi casa y encontré a mi madre limpiando la cocina, con mi hermana Nancy junto a ella. Le pregunté si de casualidad sabía lo que era una escuela. Ella sonrió y sin descuidar sus quehaceres me respondió que el año entrante yo también iría.
—Ahí vas a aprender a leer, a escribir, y te van a enseñar muchas cosas, hijo.
Yo ya sabía leer. Mi padre me había enseñado durante el último año. Pero la idea de jugar solo en las tardes me inquietaba, y sin desperdiciar tiempo le dije a mi madre que yo también quería iniciar clases junto con mis vecinos; no quería esperar un año.
Mi madre intentó razonar conmigo; trató de hacerme entender que por mi edad no podían aceptarme.
—Primero tienes que cumplir los seis y entonces te inscribimos hijo.
Dos semanas después, ante una insistencia mía que parecía no tener fin, mi madre y yo fuimos a la escuela. Platicó un rato con la maestra de primer año, y esta aceptó recibirme como alumno oyente no inscrito.
—Vamos a ver cómo se desenvuelve el niño. Tráigalo el próximo lunes con el uniforme, y que traiga también un cuaderno con lápices y colores.
El lunes 30 de septiembre de 1974 llegué de la mano de mi madre a la Escuela Primaria Lic. Miguel Alemán Valdés, ubicada sobre el boulevard Lázaro Cárdenas de la Colonia Flores Magón.
Mi uniforme no era el mismo que el de mis vecinos, el pantalón era azul marino.
Cuando llegamos al patio central conté un millón de alumnos y tuve el impulso de salir corriendo de ahí. Me sentí agobiado y con miedo de perderme entre tanta gente. Era la ceremonia semanal de honores a la bandera, y todos parecían conocerse de años.
La maestra Carolina se acercó, saludó a mi madre, y me llevó de la mano a la fila de mi grupo.
No tenía escapatoria y eso me provocó angustia. Sin importar hacia donde volteara, yo veía lo mismo: niños y niñas vestidos de blanco y azul. Algunos eran ya muy grandes, debían ser de otros grupos. La niña que estaba formada frente a mí volteó y me sonrió. Ni siquiera la miré de frente. Me sentía como un globo flotando en medio de un abismo, sin poder desplazarme hacia ningún lado. Estaba atrapado.
En ese momento me acordé de mi madre y la busqué desesperado con la vista. Cuando la encontré me sonrió, y con señas me hizo saber que ya se tenía que ir, y que regresaría por mí a la hora de la salida.
No le devolví la sonrisa ni le dije adiós, solo la vi alejarse entre la multitud. El temor se había apoderado de mí. Era la primera vez que estaba completamente solo. Permanecí estático y en silencio, con la vista perdida y sin parpadear.
La voz de mi nueva maestra, Carolina, me sacó de aquel trance. Se paró junto a mí, colocó su mano sobre mi hombro, y exclamó a todo pulmón: ¡avancen! ¡avancen!
Una sensación similar experimenté un día como hoy, 18 de agosto, hace seis años.
Mi madre nos dio su último adiós y después partió hacia el Reino de los Cielos. Desde entonces el abismo se ha ido cerrando paulatinamente, con la convicción de que algún día nos volveremos a ver. Es una convicción que emana desde lo más profundo de la fe en aquel que prometió vida eterna para todo el que creyera en Él.
Y yo le creo.
A un año más de tu partida, te mando hasta el cielo el amor más puro del que soy capaz de dar madre querida.
In Memoriam.

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