El Mito de Sísifo y el sentido de la vida.
En la mitología griega se cuenta
la historia de un hombre llamado Sísifo, gobernante de la ciudad de Éfira
(Corinto), quien recibió de los dioses el castigo más severo que un ser humano
puede llevar sobre sus espaldas.
Sísifo era un rey importante,
poderoso, astuto, y carente de escrúpulos. Su relación con los dioses era de
choque, desafío y franca rebeldía. Su atrevimiento llegó a un grado imposible
de tolerar y los dioses decidieron aplicarle un castigo ejemplar, el más cruel
y doloroso.
Sísifo fue condenado a empujar,
sin ayuda de nadie, una roca enorme hasta la cima de una montaña, para dejarla
caer al precipicio y volver a empezar durante toda la eternidad, por los siglos
de los siglos.
Este mito ha perdurado a lo largo
de más de dos milenios y ha tenido distintas interpretaciones. En la antigüedad
se consideraba como una advertencia para todo aquel que se atrevía a ir en
contra de los designios de los dioses.
En tiempos actuales, el mito se
interpreta desde una perspectiva existencialista, es decir, de las vivencias y
experiencias humanas, desde el nacimiento hasta la muerte.
El castigo de Sísifo es una
poderosa analogía que nos recuerda la futilidad de una vida cargada de trabajo,
esfuerzo, metas, fracasos, pérdidas y ganancias. Todo en un afán por alcanzar
el éxito, la fama, el reconocimiento, la prosperidad económica, y en última
instancia, la felicidad.
Una gran cantidad de personas
pasan sus vidas trabajando en proyectos que, en ocasiones, al igual que la
roca, terminan derrumbándose y son lanzados al baúl de los malos recuerdos. En
otras, el éxito llega, la roca es colocada en la cima de la montaña, y después se
experimenta una sensación de vacío al percatarse de la vanidad hueca y sin
sentido de aquello por lo que tanto se luchó.
Y bajamos al valle a encontrar otro
proyecto de vida, una nueva roca, que nos dé una nueva razón para seguir
luchando, para no claudicar; porque si lo hacemos, la vida se derrumba ante
nuestros ojos; nuestra vida pierde sentido.
Este ciclo se repite una y otra
vez, se convierte en el hilo conductor y en el común denominador de miles,
millones de personas.
La gran paradoja radica en el
hecho de que, si se renuncia a tener metas y propósitos, la vida humana pierde
todo el sentido y se convierte en algo animal, primitivo, silvestre, en la que se
nace, se reproduce, y se muere…como el resto del reino animal.
Entonces ¿debemos tener metas y
propósitos en la vida o no?
La respuesta corta y rápida es:
SI.
La respuesta matizada es: Pero
deben estar alineados con principios sólidos, enaltecedores, que eleven el
espíritu de la persona, que la conviertan en plenamente humana, útil para sus
semejantes y para la sociedad, y que le proporcionen a su vez un sentido de
realización y plenitud.
¿Cuál es el fin último de la vida
humana? ¿Cuáles son los propósitos a los que una persona debe aspirar en su
vida?
Estas son las preguntas de fondo,
las que realmente importan. No son nuevas, se han planteado desde la
antigüedad.
El epicureísmo, filosofía
helenista de hace dos mil años, proponía que el fin último de un ser humano era
la felicidad, y que esta solo se alcanzaba mediante una meticulosa adherencia a
las cosas buenas y placenteras de la vida. El ser humano, explicaba, sólo puede
ser feliz y alcanzar su plenitud a través del desapego de todo aquello que le
produce angustia y sufrimiento. Debe cultivar una vida en quietud, paz y
placer; rodeado de personas que lo quieran y en armonía con la naturaleza.
El estoicismo por su parte,
filosofía contemporánea de la anterior, proponía que el ser humano solo puede
realizarse a plenitud y alcanzar la felicidad mediante un proceso de
fortalecimiento del carácter, afrontando los retos y vicisitudes de la vida, abrazando
el sufrimiento, dejándose transformar por él, despreciando la vida fácil y sin
dificultades. Solo así, decían, la persona podrá ser plenamente humana, feliz y
realizada.
En el siglo XX vimos emerger una
filosofía existencialista, atea y materialista, liderada por Jean Paul Sartre y
Albert Camus, quienes sostenían que no hay propósitos en la vida. Los
propósitos se los crea cada quien, de manera individual, conforme va viviendo. Porque
en realidad, decían, este mundo no tiene propósito ni razón de ser. El ser
humano es como un accidente cósmico, que apareció de manera aleatoria en el
devenir evolutivo y por consiguiente no hay propósitos preestablecidos para la
humanidad.
En contraposición a lo anterior,
tenemos el poderoso mensaje del Evangelio, el cual recoge las enseñanzas de
Jesús de Nazareth. Él enseñó, entre otras cosas, que la vida humana es sagrada
y lo es porque procede del Dios Altísimo, creador del cosmos y de la vida en su
totalidad. También enseñó que el ser humano está llamado a vivir una vida plena,
libre y consagrada, reflejando su naturaleza de hijo de Dios. Y sobre todo,
habló de un reino celestial, metafísico y trascendente, al que todos podemos
llegar a través de la fe y la observancia de su mensaje.
La vida humana tiene opciones y
no está necesariamente condenada a sufrir las inclemencias de una existencia
sin sentido y sin propósito. Porque al final de cuentas, como bien lo intuyeron
los antiguos dioses de la mitología griega, no hay peor castigo que una vida esforzada
en alcanzar metas huecas, vacías, y carentes de gozo y plenitud.

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