Yo, Hernán | Segunda Parte - CUBA
En el año de 1511 de la era del Señor, con veintiséis años recién cumplidos, dejé atrás la isla de La Española, República Dominicana, y me embarqué rumbo a Cuba en una expedición de conquista financiada y dirigida por Diego Velázquez de Cuéllar. Este me ofreció el puesto de secretario particular, y yo acepté sin titubeos.
Permanecí en Cuba durante ocho años y mi estancia en aquella isla estuvo marcada por los conflictos con el nuevo gobernante. Todo inició al poco tiempo de haberme instalado. Un grupo de colonos españoles, indignados por los malos tratos y la ambición desmedida de Velázquez, decidieron elevar sus protestas al rey, Don Fernando de Aragón, y a su hija, la reina Juana de Castilla.
A escondidas del gobernador, me eligieron para ser el portavoz de una misiva que debía ser entregada en primera instancia a Diego Colón, en La Española. Velázquez, enterado del asunto, me hizo detener y me mantuvo encarcelado durante un tiempo hasta que logré demostrar mi inocencia. Nada sería lo mismo a partir de aquel hecho. La confianza y el respeto mutuo se perdieron para siempre.
A lo largo de ocho años, Diego Velázquez me envió a la cárcel en varias ocasiones, argumentando conspiraciones sin sustento y demostrando el gran temor que le provocaba mi ambición y tenacidad para progresar. Porque al igual que lo hice en La Española, en Cuba fui un empresario dedicado a la agricultura, la ganadería y el comercio. Mi progreso económico se hizo evidente, y nada indigna más a las personas que la prosperidad ajena. Si quieres enemigos jurados, decía mi padre, solo debes progresar.
Lo que Velázquez nunca entendió es que fui educado para crecer ante la adversidad. Conocí el miedo fulminante con las tormentas que padecí en el Atlántico, en mi primer viaje desde la península. Ahí, ante la dureza implacable de la tempestad y la fragilidad de las carabelas, aprendí que la vida se puede ir en un instante y debemos tomar de ella tanto como nos sea posible.
Con esfuerzo y mucho trabajo me gané un lugar de respeto entre los colonos de Santiago; y con votación popular fui nombrado alcalde del municipio. Aquello avivó aún más la desconfianza de Velázquez. Por esas fechas, el gobernador había ordenado la ejecución de ochenta caciques indios en un solo día, como castigo por resistirse a la colonización. Mientras él sembraba miedo con la violencia, yo consolidaba mi patrimonio y mi legitimidad ante la Corona.
Diego Velázquez contrajo nupcias mientras gobernaba Cuba, y muy pronto se empecinó en casarme con la dama de compañía de su esposa. Esto provocó un nuevo conflicto, porque para ese entonces mi corazón le pertenecía ya a dos mujeres: una mujer indígena con la que compartía vida conyugal, y el fruto de aquel amor, mi hija mestiza, a la que bauticé con el nombre de mi madre, Catalina Pizarro; la niña de mis ojos, la más hermosa de todas.
El gobernador se negó a reconocer a mi hija como miembro de la comunidad española, y eso me colocó de nuevo en una situación frontal con él. Para Velázquez, y para la inmensa mayoría de los colonos, la unión entre españoles e indígenas era inviable, por decir lo menos; para mí era el futuro. Para ellos era una amenaza, para mí era esperanza.
Mientras mi vida personal se debatía entre imposiciones y afectos, en el horizonte se abrían noticias de tierras desconocidas.
Hubo dos expediciones a tierras mexicanas antes que la mía. La primera en 1517 del año del Señor, dirigida por Francisco Hernández de Córdoba, rico terrateniente asentado en la isla desde años atrás. La segunda se realizó en 1518 y estuvo al mando de Juan de Grijalva, sobrino del gobernador.
Ambas fracasaron en sus metas comerciales, pero proporcionaron información valiosa sobre el territorio, las gentes y sus costumbres; y supimos por primera vez de la existencia de un pueblo rico y poderoso, asentado en el altiplano central y con una capital que, según decían, se había construido en el centro de un gran lago.
Las expediciones a nuevas tierras eran autorizadas por la corona, pero los gastos corrían por cuenta de quien las realizaba. Eran emprendimientos particulares en los que se apostaba el todo por el todo, con la esperanza de obtener buenos dividendos.
La expedición de Juan de Grijalva fue financiada por Diego Velázquez en su totalidad. Las pérdidas fueron cuantiosas pero los informes de oro abundante y piedras preciosas encendieron la obsesión del gobernador, quien finalmente obtuvo la Cédula Real que lo designaba como el único autorizado para realizar futuras expediciones en suelo mexicano.
Y entonces fui hecho prisionero una vez más por órdenes del mismo de siempre. La nueva acusación: mi negativa a casarme con la dama de compañía de su esposa. Sabiendo que se preparaba una nueva expedición a tierras mexicanas, acepté casarme bajo ciertas condiciones. La primera fue que el gobernador se comprometiera a reconocer a mi hija mestiza bajo el sacramento del bautismo cristiano. Solicité que él mismo fuera el padrino. Velázquez aceptó de inmediato.
Mi segunda petición fue directa y sin tapujos: solicité ser designado capitán para dirigir la tercera expedición. Sabía de buenas fuentes que el gobernador estaba desesperado por encontrar un líder con el temple necesario para una empresa de tal magnitud. Con el fiasco de Grijalva y teniendo el tiempo encima, prometió evaluarlo y darme una respuesta. Ambos sabíamos que otros españoles, procedentes de otras partes del caribe, habían intentado ya desembarcar en Yucatán sin éxito. A los pocos días recibí la confirmación.
En este punto quiero hacer un alto para refutar una de las muchas calumnias que se han difundido con malicia sobre mi persona: el financiamiento de mi expedición. Contrario a lo mucho que se dice, la expedición a tierras mexicanas la financié yo mismo con un porcentaje mayoritario.
Invertí todo mi capital en el proyecto. Hipotequé mis tierras y mis encomiendas de indios, vendí y empeñé vajillas y joyas de oro con piedras preciosas, y recurrí a préstamos con mercaderes y amigos en Cuba. Con lo recaudado adquirí barcos, bastimentos, armas, caballos, vino, aceite, carne de puerco, conservas y embutidos, frutas, panes de yuca, entre otros menesteres. También contraté ballesteros y arcabuceros.
Después de mi salida de Santiago, hice una escala en la Villa de la Trinidad y en La Habana. Ahí se incorporaron personas de gran calidad y riqueza, quienes aportaron una parte de su capital con la condición de permitirles viajar conmigo. Diego Velázquez invirtió un porcentaje mínimo en la expedición.
Estando en la Villa de la Trinidad, habiéndonos despedido en Santiago, el gobernador volvió a cambiar de idea y envió una nueva orden de aprehensión contra mí. De último momento decidió, acuciado por las lenguas bífidas de familiares y amigos, que yo no era la persona adecuada para dirigir la empresa. La orden llegó al alcalde de la Villa pero este decidió ignorarla.
Una nueva orden de aprehensión llegó mientras ultimaba los preparativos en La Habana. La orden fue desestimada de nuevo gracias a la lealtad de la gente que había decidido apostarse el futuro y la vida junto conmigo. No había más impedimentos para zarpar rumbo a nuestro destino.
La realización de emprendimientos de gran calado requiere resolución y fortaleza de carácter. No hay lugar para titubeos ni dobles tintas. No hay lugar para pusilánimes ni débiles de espíritu. Se arriesga vida y patrimonio, y se deja la piel en cada acción y en cada decisión hasta alcanzar el éxito.
El dieciocho de febrero de 1519 del año de gracia del Señor, zarpé junto con mi gente hacia la península de Yucatán. Me acompañaban más de quinientos hombres, entre soldados, marineros y emprendedores; catorce cañones y diecinueve caballos. La expedición sumaba once navíos, la mayoría de mi propiedad.
Unos días después visualizamos la isla de Cozumel. El viaje de mi vida, el verdadero, apenas había comenzado.
Hernán Cortés y Pizarro, Marqués del Valle de Oaxaca.
Referencias:
Díaz del Castillo, Bernal. La historia verdadera de la conquista. Ed. Mexicanos Unidos.
Díaz, Juan. Itinerario de la Armada. Crónicas de América. Ed. Dastin.
Duverger, Christian. Vida de Hernán Cortés: la espada. Ed. Taurus.

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