Yo, Hernán | Cuarta Parte - Veracruz.
La templanza es la virtud que nos impulsa a permanecer firmes y constantes en nuestros propósitos; a mantener la determinación sin importar los peligros ni el dolor que todo emprendimiento exige. Templanza y fortaleza. Sin ellas dos, se camina por la vida sin destino fijo.
La tarde del 22 de abril del año de gracia de 1519, desembarcamos frente al puerto de San Juan de Ulúa, en un lugar que los nativos llamaban Chalchihuecan, frente a la isla de sacrificios. Era viernes santo, y pronto nos percatamos de la presencia de una comitiva de altos dignatarios procedentes de la gran Tenochtitlan. Se presentaron como emisarios del Huey Tlatoani Motecuzoma Xocoyotzin, Moctezuma, jefe supremo de la triple alianza, y dueño absoluto de vastos territorios y señoríos.
El líder de aquella comitiva era el cacique Tendile. Gracias a mis dos lenguas, Marina y Aguilar, conocí el propósito de su visita.
Después de entregarnos una gran cantidad de regalos de parte de Moctezuma, Tendile me informó que era deseo del gran tlatoani, que me regresara por el mismo camino por el que había llegado. La segunda petición fue más directa: “bajo ninguna circunstancia puedes ir a Tenochtitlan, so pena de sufrir las consecuencias”.
La petición me tomó por sorpresa. Siendo Moctezuma tan poderoso, debía ser también muy sabio para entender que a un explorador no le muestras el camino para después pedirle que se marche. Recibí los presentes y, a través de mis lenguas, les entregué un mensaje de paz y amistad para Moctezuma, haciéndoles saber que mi visita a Tenochtitlan era inevitable por mandato de mi emperador, el rey Carlos I de Castilla.
Esta reunión nos confirmó algo que ya sospechábamos: nos encontrábamos frente a un poder inmenso, dueño de riquezas y de un imperio que se extendía más allá de lo que podíamos imaginar. Tendile y su comitiva emprendieron el viaje de regreso sin dejar de insistir en las peticiones del tlatoani.
En las arenas de San Juan de Ulúa se padecía un calor insoportable y unas fiebres malignas que nos debilitaban hasta el extremo. El alimento escaseaba, y algunos de mis hombres habían presenciado la ejecución de sacrificios humanos entre los indígenas. Esto había sembrado miedo y desánimo en una parte importante de mi tropa.
Por otro lado, el oro recibido de Tendile acrecentó la convicción entre muchos de que era momento de regresar a Cuba. Todo esto fue aprovechado por un grupo de soldados, capitanes y clérigos que, siendo leales al gobernador Diego Velázquez, comenzaron a intrigar en contra de la expedición y de mi persona.
Yo tenía muy claro que volver a Cuba, para mí, significaba perderlo todo: mi patrimonio, mi honra, y quizá la vida misma. Porque para Velázquez, yo estaba actuando en desacato a la corona, y eso se pagaba con la pena capital.
Las capitulaciones firmadas con el gobernador indicaban la naturaleza de mi expedición: rescatar oro y documentar el territorio y las gentes. La mayoría de las expediciones en el nuevo mundo eran así. El rescate consistía en intercambiar accesorios de manufactura española con los indios, a cambio de oro. Una vez establecido el contacto, la siguiente etapa era la colonización con españoles, tomando indios para el trabajo en encomienda.
Sin embargo, aquel sistema estaba diezmando la población indígena en Cuba y en La Española. Velázquez lo sabía, pero su ambición le impulsaba a repetirlo. La corona, en total desconocimiento, pretendía aplicar la misma fórmula. El fracaso era inevitable.
¿Cómo explicarles que ante nuestros ojos se abrían las puertas de una gran civilización que no tenía paralelo con las tribus del caribe? En este nuevo y vasto territorio, la expedición debía tomar otro rumbo, con nuevos propósitos y estrategias.
Fue entonces cuando concebí la idea de fundar un cabildo. En el marco jurídico castellano de aquella época era posible, bajo circunstancias extremas, fundar un municipio que dependiera directamente del rey, sin intermediarios. Esto implicaba un rompimiento definitivo y legal con Cuba y su gobernante.
Procedí a reunir a mis hombres de más confianza, y con los representantes de la corona como testigos, redacté el acta constitutiva del nuevo municipio: La Villa Rica de la Vera Cruz, la misma que hoy día conocen como ciudad y puerto de Veracruz.
Nombramos al primer alcalde y a sus regidores, y una vez realizado el protocolo, procedí a renunciar a mi puesto de capitán de expedición dependiente del gobernador de Cuba. El nuevo cabildo aceptó mi renuncia, y procedió a nombrarme Capitán General y Justicia Mayor. Estos nombramientos me otorgaron, en un solo acto, la autoridad militar para proseguir la campaña hacia Tenochtitlan, y el mando supremo para impartir justicia.
Al término de aquella jornada, la expedición dejaba de ser un mandato de Velázquez, y pasaba a ser una empresa directa de la corona.
Esto provocó un rechazo abierto y violento por parte de los que querían regresar a Cuba. Para calmarlos, les dije que pronto los enviaría de regreso en uno de mis navíos. Primero era necesario establecer contacto con un gran señorío, al que los informantes totonacos me insistían que debía visitar: Cempoala.
Días después, marché junto con mis hombres hacia la ciudad de Cempoala, centro político y religioso en donde se concentraban los principales señoríos de habla totonaca, desde la costa hasta la sierra alta.
Cempoala estaba ubicada a tres días de camino de San Juan de Ulúa; llegamos en los primeros días de junio. Era una ciudad monumental, con casas y templos construidos en piedra, y revestidos con finas capas de cal mezclada con baba de maguey, lo cual producía un efecto deslumbrante al reflejar el sol como espejos de plata. Fuimos recibidos por el gran cacique Xicomecoatl, a quien por su altura y corpulencia física llamamos “el cacique gordo”.
La visita a Cempoala me permitió conocer una realidad que sería crucial para mi expedición: había una gran cantidad de pueblos que vivían sometidos por la triple alianza, integrada por las ciudades de Texcoco, Tlacopan y Tenochtitlan, siendo esta última la más importante.
Aquel vasallaje incluía tributos en alimentos, vestimentas, ornamentos, armas, cacao como moneda de cambio, y otros menesteres. Aunado a lo anterior, los mexicas exigían personas vivas para los rituales de sacrificio a sus dioses. Las cuotas se cumplían con rigurosidad. No hacerlo implicaba la aniquilación de los pueblos.
El cacique de Cempoala, y decenas de caciques de señoríos vecinos, se comprometieron a apoyarme en mi expedición a Tenochtitlan. A cambio, yo me comprometí a liberarlos del yugo mexica en nombre del rey Carlos I de Castilla. El pacto se selló a la usanza de aquellos pueblos: mujeres otorgadas para mi tropa con la finalidad de hermanarnos por vía sanguínea.
Una última recomendación me hicieron los de Cempoala. Para llegar a Tenochtitlan y confrontar a los mexicas, sería necesario establecer una alianza militar con un pueblo poderoso del altiplano, y enemigo mortal de la triple alianza: los tlaxcaltecas.
“Sin Tlaxcala de tu lado, poco podrás hacer contra los mexicas”. Esta fue, en términos generales, la sentencia del gran cacique gordo de Cempoala. No había tiempo que perder.
Mientras planificaba la nueva ruta con mis capitanes y aliados totonacas, me llegaron noticias de un levantamiento armado en el cabildo recién fundado. Formé un equipo compacto de capitanes y soldados de confianza, y me dirigí a la costa.
Logré contener la rebelión y detuve a los cabecillas. Después de un juicio público en el que confesaron sus acciones, procedí a aplicarles justicia conforme al derecho castellano vigente. Dos de ellos, los líderes, fueron condenados a morir en la horca por insubordinación a la corona. Al resto de los levantados les perdoné la vida.
Lo que hice a continuación ha sido tema de debate a lo largo de los siglos; y aún hoy en día, mucha gente no lo entiende. En realidad, no hay mucho que explicar. Hay emprendimientos que una vez iniciados, no admiten retorno; se sigue hasta el final, pase lo que pase.
Di la orden de hundir los barcos frente a la costa de Veracruz. No los quemé, como suele decirse. Barrené los cascos y los hundí. Con este acto logré dos cosas: recolecté madera y aparejos metálicos que me servirían más adelante en mi expedición; y logré disuadir futuros levantamientos e iniciativas de retorno a Cuba. Ya no había modo. Éramos quinientos hombres dispuestos a llegar a Tenochtitlan, o morir en el intento.
Las suertes estaban echadas. Al cobijo de la sagrada providencia de nuestro Dios eterno, fijamos ruta hacia nuestro siguiente destino: Tlaxcala.
Hernán Cortés y Pizarro, Marqués del Valle de Oaxaca.
Referencias:
Cortés, Hernán. Cartas de Relación. Ed. Mexicanos Unidos.
Díaz del Castillo, Bernal. La historia verdadera de la conquista. Ed. Mexicanos Unidos.

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