Yo, Hernán | Tercera Parte - De Yucatán a Veracruz.
Todos los hombres tienen por naturaleza el deseo de saber, de explorar, de romper barreras y llegar más allá de sus límites. A mediados del mes de febrero del año de gracia de 1519, un puñado de hombres intrépidos zarparon de Cuba en dirección a un territorio vasto del que apenas se conocía su nombre. Yo iba al mando de aquella expedición.
A finales de febrero desembarcamos en la isla de Cozumel, y de inmediato ordené que se estableciera contacto con los nativos. Teníamos información, por la expedición de Grijalva, de que en dicho territorio había españoles prisioneros, procedentes de Jamaica y La Española. Di instrucciones para que se iniciara la búsqueda, y unas semanas después localizamos a uno de ellos; respondía al nombre de Jerónimo de Aguilar.
Aguilar llevaba ocho años cautivo entre los indios mayas. Vestía a la usanza de ellos y dominaba la lengua a la perfección; a partir de aquel día se convirtió en mi intérprete. El otro sobreviviente, Gonzalo Guerrero, se negó a ser rescatado. Tras casi una década entre aquellas gentes, se había convertido en un guerrero respetado; vivía con la hija de un cacique, y tenía varios hijos. Su mundo estaba completo.
Después de algunas escaramuzas con los nativos, logré establecer un acuerdo de paz con el cacique principal. Con el apoyo de Aguilar le expliqué el motivo de nuestro viaje, le regalé ropas nuevas de mi propiedad y algunos otros menesteres que le resultaron atractivos. A cambio recibí pendientes de oro y piedras turquesas, canastas de frutas, aves, y otros suplementos para el camino. De buen agrado aceptó convertirse en vasallo de nuestro rey, y escuchó sin sobresaltos la historia de nuestro Señor Jesucristo.
A mediados de marzo de aquel lejano 1519, dejé aquella isla con mis once navíos, intentando seguir la ruta previamente trazada por las expediciones anteriores. Pasamos frente a la isla Mujeres y alcanzamos el extremo septentrional de la península de Yucatán. Orientamos las velas hacia el poniente, y navegamos durante días hasta alcanzar la desembocadura del río Grijalva, descubierto un año antes por mi antecesor.
Con los navíos más pequeños logramos navegar varias leguas río adentro. Cuando desembarcamos, fuimos recibidos con mucha violencia por parte de los habitantes.
Estábamos en el corazón del territorio llamado Centla, en Tabasco. Los caciques se negaron a escuchar mis propuestas de paz, organizaron a miles de guerreros, y emprendieron un ataque con flechas y piedras. Lanzaban aullidos de guerra y hacían sonar un cuerno gigante de caracol que retumbaba en los oídos y corazones de todos nosotros.
Cuando cayeron los primeros muertos de mi tropa, di la orden a mi escribano de redactar un oficio legal que diera fe de la agresión, las muertes, y la justificación de mi contraataque. Acto seguido, ordené varios disparos con los cañones y arcabuces, monté en mi corcel junto con otros capitanes, y cargamos con violencia contra aquella masa de guerreros tabasqueños.
La batalla se prolongó durante días. Hubo pérdidas humanas en ambos lados. Cada mañana, antes de los combates, me aseguraba de enviar propuestas de paz con la voz de mi intérprete. La respuesta era siempre la misma: insultos que Aguilar traducía con vergüenza, y miles de flechas y piedras que nos hacían mucho daño.
Finalmente, tras días de combates y pérdidas en ambos bandos, la necesidad de sepultar a los muertos abrió la puerta a la negociación. Acepté la propuesta con la condición de entrevistarme con el gobernante principal. Y fue así como conocí al gran cacique Tabscoob, quien gobernaba las ciudades de Potonchán y Centla, en Tabasco.
El gran cacique nos agasajó con muchos regalos: mantas de algodón, máscaras de turquesa finamente talladas, adornos de oro, guajolotes, tortillas de maíz, chiles, leguminosas, fruta, agua… y mujeres.
Entre aquellos pueblos existía la costumbre de otorgar mujeres jóvenes a los grupos nómadas que llegaban con la intención de establecerse. Les llamaban chichimecas, y era común entablar primero una batalla para demostrar valentía y honor. Uniendo a los chichimecas con sus propias hijas, los caciques se hermanaban con ellos, y los lazos de familia garantizaban la supervivencia de todos, en comunidad.
El cacique Tabscoob tuvo la convicción de hermanarse conmigo mediante el otorgamiento de veinte mujeres jóvenes para mi tropa. Las recibí conforme a la costumbre, y les otorgué el bautismo cristiano. Posteriormente procedí a entregarlas a veinte de mis capitanes más principales.
Había una que destacaba entre las demás por su belleza física, porte, elegancia, facilidad de palabra, juventud, y un carácter extrovertido que nos agradó a todos. La bautizamos con el nombre de Marina… Doña Marina. La misma que, con el paso del tiempo, sería conocida como La Malinche.
A Marina la entregué al capitán de más rango y prestigio en mi tripulación: Alonso Hernández Portocarrero, primo del conde de Medellín, y perteneciente a una familia noble de hidalgos en la península ibérica.
Con un pacto de paz firmado con aquel cacique, y una alianza que nos unía en lo comercial y en lo político, dejé aquellas tierras junto con mi gente y mis once navíos; y aprovechando los buenos vientos de la costa, pusimos velas rumbo al poniente, viajando siempre en cabotaje bajo la protección de la Virgen de Guadalupe, nuestra madre venerada.
La tarde del jueves santo de aquel lejano 1519, llegamos sin contratiempos a la isla de San Juan de Ulúa, en tierras totonacas. Descubierta y nombrada así por mi antecesor, Juan de Grijalva, la isla ofrecía un fondeadero natural para los navíos de gran calado. Un día después, en pleno viernes santo, desembarqué junto con mi tropa en tierra firme. Esa misma tarde nuestros clérigos oficiaron misa cantada para conmemorar el sacrificio de nuestro redentor y Dios, muy señor nuestro, Jesucristo.
Enorme fue nuestra sorpresa, y más grande el temor de algunos de mis capitanes, al descubrir la presencia de una gran comitiva de indios que se presentaron ante nosotros sin avisar. Pronto se disiparon nuestros temores al percatarnos de que no venían en plan de guerra, sino que por medio de señas nos hicieron saber que deseaban hablar con el líder de la expedición.
Solicité de inmediato la presencia de mi lengua, Jerónimo de Aguilar, para entablar el primer contacto formal con aquellas gentes. Grande fue mi sorpresa y frustración al escuchar a Aguilar decir que no entendía ni una sola palabra de lo que le decían. Con el rostro compungido y al borde de la desesperación, me aseguró que aquella no era la lengua que había aprendido en Yucatán.
En medio de la confusión, los principales de aquella comitiva se acercaron con unas vasijas de piedra en donde quemaban un incienso de aroma muy agradable, y lo hicieron pasar alrededor de nuestros cuerpos. Con el tiempo supimos el nombre de aquella resina: copal.
Hay quienes dicen que un hombre sin suerte no puede llegar lejos en la vida. Otros piensan que la suerte es un mito y una excusa para justificar los malos caminos. En lo personal, soy de los que piensan que lo único que de verdad asiste al hombre de fe, es la sagrada providencia que el Dios eterno regala a quienes Él quiere, en los lugares y momentos en los que Él considera oportunos, según sus divinos planes.
Y la providencia me sonrió esa tarde.
Aquella joven hermosa y de gran talante que recibí en Tabasco, y que bauticé con el nombre de Marina, salió de entre la multitud y sin solicitar permiso, comenzó a hablar con los recién llegados en la lengua que ellos entendían. Los principales la miraron con ojos desorbitados, y casi de inmediato comenzaron a intercambiar palabras con ella.
Después de unos minutos de zozobra, en la que solo se escuchaban las voces del cacique principal y de la joven Marina, esta hizo una pausa larga con la mirada hacia abajo, como queriendo organizar sus ideas. Solo se escuchaba el choque de las olas del mar, y el graznar incesante de las aves que merodeaban el lugar.
Finalmente, Marina comenzó a hablar en la lengua que Jerónimo de Aguilar entendía, y este, atónito, comenzó a traducir entre balbuceos a la lengua que yo, Hernán Cortés, entendía.
Aquella joven dominaba a la perfección ambas lenguas: el maya y el náhuatl, la lengua de los recién llegados. Estos hablaban en náhuatl a Marina, quien traducía al maya que Aguilar entendía, y este a su vez, traducía al castellano para mí. La misma ruta se usó en sentido inverso: cuando yo hablaba en castellano, Aguilar traducía al maya, y Marina convertía el mensaje a lengua náhuatl. Hay quienes creen en la suerte, yo creo en la Providencia.
Jerónimo de Aguilar tomó un poco de vino para limpiar la garganta, y exclamó en un perfecto castellano:
—Son mexicas, vienen en son de paz a nombre de su rey, Moctezuma, dueño y señor de la gran Tenochtitlan.
Hernán Cortés y Pizarro, Marqués del Valle de Oaxaca.
Referencias:
Cortés, Hernán. Cartas de Relación. Ed. Mexicanos Unidos.
Díaz del Castillo, Bernal. La historia verdadera de la conquista. Ed. Mexicanos Unidos.

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